martes, 26 de agosto de 2014

Primer capítulo de La partida

1

    Cuando yo era pequeño, quería ser detective. Recuerdo un librito, El manual del perfecto detective, que me enseñó a ocultarme (en realidad, delatarme) tras un gran periódico o a camuflar mi identidad escandalosamente tras un sombrero, unas impenetrables gafas de sol y una gabardina con cuello levantado, así fuera verano o las estrellas titilaran arriba. Frente a una inmensa casa del pueblo de mi infancia, conocida como La Peña por ser un local de reunión de socios, pasé algunas tardes escondido entre la vegetación de la plaza de la iglesia, sin sombrero ni gabardina pero con unas viejas gafas de sol de mi padre. Mi subordinado, de nombre Paco, vigilaba en un banco tras un tebeo de Mortadelo la posible e inoportuna llegada de uno de los seis policías municipales que proferían unas amenazas jamás cumplidas a quien pisara los jardines. Nuestro objetivo era descubrir pistas para demostrar nuestra impecable teoría sobre una misteriosa partida de cartas que se había jugado en la planta superior de La Peña en un tiempo para nosotros legendario, mucho antes de nuestro nacimiento. Se comentaba que un hombre había perdido todo, su dinero, sus olivos, su casa, todo, en una emocionante partida con alguien que, viejo, todavía frecuentaba la enorme casa. Y que, en la desesperación de la ruina, se jugó algo que los testigos nunca lograron saber, algo que sólo sabían los dos jugadores y que, como garantía, quedó escrito en un papel que custodiaba desde entonces el notario. El perdedor volvió a perder y, serio y digno en su absoluta y enigmática derrota, dijo un Hasta nunca, señores y nadie lo vio nunca más. Yo le había oído la historia a mi padre, y mi amigo al suyo, y, a la hora de redactar una lista de casos para resolver, ambos estuvimos de acuerdo en que el primero, por importancia y por pura cronología, había de ser ese. Nos costó esfuerzo dar con la solución, que una tarde de verano se nos reveló mientras, sentados en un banco con una bolsa de pipas compartida, contemplábamos La Peña. Lo que el perdedor había perdido en la última jugada había sido su vida. Después de dejarlo en la ruina, el ganador, que odiaba a su adversario, todavía podía satisfacer un último deseo. Odiar quiere decir desear la inexistencia del otro. Los dos lo sabían, y, sin palabras, se entendieron. Uno de ellos lo escribió en un papel y se lo dio al notario, que jamás lo leyó. El perdedor huyó del pueblo para, fiel a su promesa, suicidarse lejos de allí sin dejar rastro ni acusación.

    Desde donde yo estaba escondido, podía ver al ganador sentado en una butaca en la puerta de La Peña, junto a toda una fila de hombres que miraban hacia la plaza. Tendría unos sesenta años, con un bigote poblado bajo una ancha nariz y unos ojos claros. Entre la casa y la plaza pasaba un trozo del Paseo y gente caminando lentamente, recreándose en el andar, fumando o comiendo pipas, que ora subían la calle, ora la bajaban, Sísifos felices. Cinco butacas a la derecha del ganador, estaba sentado el notario, un hombre gordo y de aspecto bonachón. Nuestra intención era descubrir un gesto, una mirada cómplice entre ambos hombres, incluso una conversación, que demostrara la verdad que nosotros, por pura lógica detectivesca, habíamos descubierto. Pero ni esa tarde ni ninguna, ni con esa estrategia ni con otras, logramos nuestro propósito.
Continúa leyendo en:



La partida

Internet da la posibilidad de sacar del cajón viejos escritos de los que uno quedó satisfecho pero que no obtuvieron el nihil obstat de la imprenta. Tras un reencuentro con ellos, algunos pasan la criba del hoy, como esta novelita en la que los que vivan en un pueblo reconocerán matices y referencias. Gratuita en versión digital:
http://www.bubok.es/libros/235343/La-partida
Nota para naveros: la foto de portada es de La Peña, un personaje más, en su versión literaria, de este libro.

viernes, 15 de agosto de 2014

Presentación de una novela en Cabra

En mayo de 2010, tuve el honor de presentar la excelente novela de Jesús Arroyo en Cabra. Pego en este blog mis palabras de entonces. Cualquier buen lector sabe que hoy hay muy buena literatura fuera del mercado y muy mala en su centro. No creo que el fenómeno sea nuevo, libros de éxito hace un siglo son desconocidos hoy y obras hoy canónicas fueron apenas leídas en su tiempo, pero el predominio del mercado en nuestras vidas sí es nuevo, y eso hace que el contraste entre lo bueno oculto y lo malo en el escaparate parezca mayor. Hay cierta confusión en todo este asunto, que es un apartado del asunto general del gusto. Sostengo que puede gustar mucho lo que no es valioso y no gustar lo que lo es. Sostengo que hay una educación del gusto. Y que las voces valiosas deben intentar llegar a la gente, pero que a veces la tarea es tan exasperante que apenas les queda tiempo para lo que verdaderamente importa: cultivar esa propia voz.     
                                      
Presentación de la novela A QUIENES LA NOCHE NO CALMA
AUTOR: Jesús Manuel Arroyo Tomé
PRESENTA: Juan Fernando Valenzuela Magaña
LUGAR: Teatro El Jardinito
FECHA: domingo 9 de mayo de 2010, a las 20.00 horas


SOBRE A QUIENES LA NOCHE NO CALMA


INTRODUCCIÓN     
         A la mayoría de los lectores nos ocurre una cosa. Nunca hemos conocido personalmente a los escritores que nos deleitan. Eso nos ocurre a todos con los que están muertos. Debido a que he escuchado los absurdos más rocambolescos, no descarto que alguien me diga que una vez cenó con don Miguel de Cervantes o que solía salir de copas con Goethe y se entendían en alemán. Lo que sí descarto es que llegue a creérmelo. Pero con los vivos, yo creo, nos pasa a la mayoría. Si hago memoria, y creo ser representativo en este aspecto, mi conocimiento en vivo del mundo literario se reduce a: vi una vez a Carmen Martín Gaite en el Café Gijón (yo iba por el Paseo de Recoletos, la vi por la ventana), una vez Javier Marías me firmó un libro en la Feria del Libro de Madrid (era de la biblioteca del instituto y allí quedó, por supuesto), en un musical estuve sentado detrás de la cabeza de Saramago, y el otro día abordé en Lucena a Fernando Savater y cambié unas palabras con él. El resto, un ramillete de conferencias: Francisco Nieva y Gloria Fuertes, Jesús Ferrero, incluso otro Premio Nobel de Literatura bastante desconocido, Derek Walcott. En cuarenta años poca cosa, como ven.
      Digo esto porque inevitablemente uno idealiza de algún modo la persona que escribe lo que tanto nos gusta a fuerza de no verla o de ver sólo la imagen literaria que proyecta, y que no deja de ser una prolongación de su propia escritura. Con los años tendemos a abrir un abismo insalvable entre su mundo y el nuestro, que es una trasposición errónea del abismo que hay entre el mundo creado de la literatura y el cotidiano de nuestra vida, incluidas las vidas de los escritores, que sabemos las hay de todo jaez. El peligro, y es lo que quiero subrayar, de todo esto, es que nos vuelve ciegos para una posibilidad de nuestras vidas: que conozcamos personalmente y desde hace tiempo a alguien que de pronto escribe algo de la talla de la literatura que leemos, y aclaremos que, si bien procuramos leer mucho, leemos muy selectivamente. Parece que estamos ante una contradicción: no puede ser que un amigo nuestro, al que conocemos despotricando sin ahorrar aspaviento alguno contra la administración o comentando con pesadumbre la marcha de la Real Sociedad, de pronto sea un escritor como los que leemos.
         Dado que gran parte de los que estáis aquí conocéis, como yo, personalmente a Jesús, es mi objetivo en esta intervención deshacer ese espontáneo prejuicio.

REALIDAD Y FICCIÓN    
         Adentrarse en el asunto de la realidad y la ficción es adentrarse en un laberinto que no pretendo recorrer ahora. Pero algo hay que decir si de lo que hablamos es de una novela, que a primera vista es un espacio de ficción. Unamuno, tan provocador siempre, sostenía que don Quijote tenía más existencia que Cervantes. La existencia o el ser se dicen de muchas maneras,  decía Aristóteles, y ser ficción no es ser menos que ser real. Ahora bien, para que algo exista ficticiamente tiene que haber alguien que levante, no tanto que invente, ese mundo. Y digo mundo no porque esté aislado, de la realidad o de otros mundos ficticios, sino en el mismo sentido en que hablamos del mundo del tenis o decimos de alguien que vive en su mundo. Por supuesto que el cosmos que se contiene en estas páginas no es una isla, y por eso ilumina zonas de la llamada realidad como, y esto es rabiosa actualidad, la Transición o la guerra civil. Pero para que como universo no se derrumbe, precisa de una arquitectura que procede de dentro, y no de fuera, de la propia historia, y no de quien la escribe.

EL PRÓLOGO
         El arquitecto ha puesto en el comienzo, como pórtico, un prólogo magistral. Lo curioso del caso para mí es que este primer paso lo es de una trayectoria literaria pública. Sólo un acendrado sentido del pudor y de la autoexigencia puede explicar que las primeras páginas de Jesús a las que el lector tenga acceso sean estas, que en modo alguno lo son de un principiante. No soy ni estoy aquí como crítico literario, sino como lector impenitente, y cualquiera que lo sea notará nada más empezar un dominio técnico asombroso y, lo que es más difícil, esa capacidad a la que me refería para construir un mundo en el que el lector habitará mientras dure su lectura. Eso es raro, porque uno lee primeros textos de autores luego consagrados y descubre en ellos, como no podía ser menos, ingenuidades y tropiezos, desfallecimientos y traspiés. Pero no vivimos ya en un tiempo en el que el escritor haya de aparecer desde el comienzo mismo de su vocación luchando por crearse una voz, haya de curtirse a los ojos de los lectores. Este fenómeno merecería un análisis, cuyo lugar no es este, pero sin duda es de agradecer, en un mercado saturado como el de las historias escritas, que alguien haya sometido todo conato de vanidad hasta estar seguro de que el resultado tenía la altura suficiente para sostener dignamente la mirada del más exigente lector.
         El prólogo del que les hablo es para mí la quintaesencia de todo el libro y a la vez como su germen. Por eso es un acierto que ocupe ese lugar inicial. Pues ¿qué lugar va a ocupar un prólogo?  ¿Acaso se quiere que se ponga en medio del libro? Pues sí, eso es justamente lo que hubiera hecho un escritor ingenuo. Porque lo que se nos cuenta en ese prólogo no es lo primero que cronológicamente ocurre en la historia relatada. Y eso ya nos da una idea de que la linealidad del tiempo va a ser subvertida. Y no por alarde técnico, por exhibir bíceps de maestría literaria, sino porque es la forma en que el tiempo va a ser sentido en la novela: "Sí, y además da la impresión de que no  todo hubiese sucedido con la esperable continuidad del tiempo, como si las pausas, lagunas y dispersión de sus partes que vamos encontrando sólo reprodujeran fielmente la trabajosa sinuosidad con que fue ocurriendo todo." , leemos en la novela.
         El presente, que es el principio de la Transición, en el que Alberto investiga las amenazas de un senador de Guadaluz, no puede entenderse sin un largo pasado que comienza en la Revolución de 1868 y que atraviesa la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial, y ese pasado va a ir surgiendo de las voces de los personajes y de la propia voz del narrador, que no llega nunca a saber más que ellos, que se pliega a su incierto conocimiento. Conviene subrayar estos dos aspectos, el que podríamos llamar la densidad del presente, porque el presente se nos presenta inteligible sólo con la carga de pasado que lleva a sus espaldas, y el narrador que podríamos llamar equisciente, porque sabe lo mismo que los personajes que aparecen, tomando como un personaje más al propio pueblo, al conjunto de vecinos que hablan y fabulan. Ambos constituyen elementos del prólogo que se proyectan sobre todo el libro.
         Como también lo hace otro: la oposición simétrica entre dos hombres, cuyo pasado y cuyo futuro luego vamos a ver, y que es el nervio de la novela. Podría verse, aunque no sólo, como una versión del tema del doble, que desde Dostoievsky hasta Philip Roth no para de dar que pensar en la literatura. Dos hombres que, por voluntad de uno de ellos, se parecen, una vida obsesionada con ocupar el hueco que la otra deja voluntariamente vacante, dos cosmovisiones que doblemente niegan la teoría marxista, porque la de quien debería querer subvertir el orden establecido quiere mantenerlo y la de quien debería querer mantenerlo quiere cambiarlo. Dos personajes que no dejan de depararnos sorpresas hasta el final de la novela.
         Creo que quien no haya leído este prólogo debe enfrentarse a él con la mirada más virgen posible,  y por eso estoy teniendo cuidado de no desvirgarla. Fiel a ese propósito, no destacaré sino dos características más, que también lo serán de toda la novela, y que son dos de sus logros para mí más difíciles de conseguir (y aquí hablo, más que como lector, como escritor).
         En primer lugar, la capacidad de narrar una situación en la que, a no ser que nos engañe con la edad como ciertas artistas, Jesús no pudo participar. Cuando uno relata una experiencia o un conjunto de ellas puede acudir a lo que a uno le ha pasado, puede recoger el testimonio de alguien que las protagonizó o puede imaginar. Lo primero, ya digo, era imposible en este caso. Así que tanto si optó por lo segundo (el testimonio de alguien) como si lo hizo por lo tercero (la imaginación), o si mezcló ambas posibilidades, Jesús tenía muchas de que lo que le saliera fuera artificioso. Sólo con un pulso talentoso y de largo aprendizaje puede salirse airoso del reto. Y si uno lee las líneas donde se describen las sensaciones que tiene el soldado que lucha en la Unión Soviética, esperaría ver al final de ellas la firma de un veterano de la Segunda Guerra Mundial.
         La segunda característica es todavía más meritoria, aunque me temo que más mérito tendría yo si me hiciera entender, porque se trata de algo tan complejo como sutil. Podríamos denominarlo la creación de un nuevo orden de cosas. La ficción no se contrapone a la realidad como lo interesante a lo aburrido, o lo maravilloso a lo rutinario, porque el poder de sorprendernos y el misterio pertenecen a la realidad, y no hace falta escuchar a Íker Jiménez para darse cuenta de ello (de hecho, tengo la sospecha de que el interés por psicofonías, conspiraciones o escandalosos secretos supone la incapacidad de asombrarse de lo más asombroso, que es siempre lo obvio: para empezar, el misterio de que uno esté vivo, la propia existencia). No, la ficción no es un refugio contra la aburrida rutina. Lo que sí logra la ficción es crear nuevas reglas, que pueden o no tener aplicación en la realidad. Voy a referirme a una de esas nuevas reglas. En el prólogo hay una yuxtaposición de dos escenas, una que se hallaría en la memoria del personaje que combate contra el fascismo alemán y otra que la está viviendo dicho personaje. Sin embargo, este punto de partida, que al principio no contradice nuestra realidad cotidiana, va cambiando su significado hasta que ambas escenas están teniendo lugar en el mismo momento.  Esto no es una manera de decir, es una manera de ser. Esa violación del tiempo, efectuada con difícil naturalidad, no está reñida con la realidad, aunque sí con la realidad cotidiana, pero, independientemente de eso, lograr convencer de ese fenómeno, es un logro al alcance de muy pocas plumas.

A LA ALTURA DE LOS TIEMPOS      
         Ese prólogo abre, pues, la fiesta literaria que es esta novela. Tras pasar su puerta nos encontramos con Alberto que, como el lector, queda atrapado por la historia de estos personajes y quiere saber más de ellos, porque saber de ellos es, de algún modo, saber de sí mismo.
         Alberto va, así, descubriendo la historia de las dos familias con las que están emparentados esos dos hombres del prólogo, desde ese origen en 1868 al que hacíamos referencia y que va adquiriendo rasgos propios de la leyenda. En ese momento inicial eran también dos los hombres que fundan un laboratorio farmacéutico. Del mismo modo que al leer el origen de Bruno, uno no puede evitar evocar el García Márquez de Cien años de soledad. El hijo de uno de esos dos fundadores es cabeza de una familia que fascina a Guadaluz, que habita la casa en la que estamos y a la que pertenece uno de los dos hombres del prólogo. El otro, de pasado indescifrable, se casará con la nieta del segundo fundador.
         El afán por saber de Alberto se contagia al lector. Y no sólo eso. También es contagiosa la implicación que supone toda escucha auténtica. Alberto va sabiendo de sí conforme va sabiendo de la historia de las dos familias, y del mismo modo se van removiendo los recuerdos y las experiencias del lector.
         Con ser esto de gran importancia en la valoración de una obra literaria, me parece más importante todavía un aspecto que comparte también Alberto y el lector: la falta de verdades absolutas sobre el pasado. Aquí tengo que pararme un poco.
         Toda la historia de la novela, desde el Quijote, está sustentada en la idea relativista de la verosimilitud y no en la absolutista de la verdad. Esto no significa un relativismo en el sentido técnico del término, pues no se trata de que todo punto de vista sea igual de valioso. Conviene desbrozar un poco la maleza que los tópicos han ido generando sobre el asunto. Decir, con Ortega, que toda perspectiva es valiosa, que lo que se ve desde una no puede verse desde otra, y que todas son insustituibles, no es decir que todas las opiniones poseen el mismo valor. Y es que Ortega deja muy claro que la perspectiva ha de ser fiel a sí misma, es decir, entre otras cosas, tener en cuenta el momento histórico en que tiene lugar. El hombre ha de asumir su perspectiva. Y es justo eso lo que no ocurre, lo que hace de muchas perspectivas perspectivas falsas, desde las que no se ve lo real sino su deformación. Pero, dicho esto, en efecto, cualquier perspectiva auténtica, sincera, ve una parte de la realidad y ha de saberse limitada. Esa tesis, que Ortega desarrolla teóricamente en su filosofía, nos la muestra desde Cervantes la historia de la novela. La ambigüedad, la complejidad de lo real, es el hilo conductor de ese género tan ambiguo a su vez llamado novela, y que está tan vinculado a la idea de Europa. Pues bien, yo creo ver ese aspecto en el modo en que el pasado aparece en la novela de Jesús. "El problema", dice Alberto, "es que parece como si el pasado se fuese volviendo más y más profundo a medida que nos adentramos en él, como si se ahondase y se volviese más oscuro cuanto más lo miramos".
         Unido a este carácter de complejidad, de ambigüedad, de matiz, que la novela como género lleva inscrito, está el de la continuidad: toda obra lleva dentro de sí la experiencia anterior de la novela. Esto puede parecer conservador, en la medida en que es una reivindicación de la tradición, pero en esta cuestión quien más avanza es quien más conserva. Ese espíritu de continuidad, de asunción del pasado de la novela, aparece claramente, para desgracia de Jesús, en esta.
         Porque me temo que tanto este rasgo, la vinculación a un pasado que se asume, como el anterior, la complejidad de la mirada,  va contra los tiempos, que estar a la altura de los tiempos en novela es estar contra el espíritu de nuestro tiempo. Los dos rasgos mencionados contrastan dolorosamente con estas dos señas de identidad de nuestro mundo: la simplicidad y la actualidad. El hoy parece agarrarse a pretendidas verdades romas y sin matices y vivir no en un presente, sino en una actualidad sin densidad alguna.
         Por eso a la hora de escribir una novela se ha de elegir entre escribirla dentro o fuera de la historia de la novela. Si se hace lo primero, pretenderá ser una obra, con voluntad de perdurar y de ser un puente entre el pasado y el futuro. Si se opta por lo segundo, se hará algo tan actual como falto de futuro.
         Sólo quien está dentro de la historia puede dar un paso adelante, puede decir algo nuevo. Sólo quien ha asumido las voces del pasado puede encontrar su voz, esa voz que es una perspectiva, única e insustituible.
         Estoy de acuerdo con la idea de Milan Kundera de que la única razón de ser de la novela es decir lo que sólo la novela puede decir. Me interesa destacar este punto porque nos va a servir de puente entre lo que acabamos de ver, los dos elementos esenciales de toda novela, y la novedad de esta  novela. Hoy día hay mucha novela que podríamos llamar divulgativa, es decir, que comunica un conocimiento que no es novelesco en un formato novelesco. Si algo caracteriza esta novela de Jesús es que lo que en ella hay dicho no puede decirse de otro modo. El que la historia ocupe un lugar importante en ella no quiere decir que sea una lección de historia. Incluso si se diera en dosis mayores, seguiríamos estando en una auténtica novela. No hay que confundir el que una novela explore la dimensión histórica del hombre con el que una novela ilustre una situación histórica determinada. En el primer caso lo que se hace sólo puede hacerlo la novela. En el segundo, ese conocimiento podría transmitirse de cualquier otro modo.
         El conocimiento que a lo largo de la lectura de A quienes la noche no calma vamos a ir adquiriendo sólo puede ser dicho en forma novelesca. Encontrar eso hoy es menos frecuente de lo que pudiera suponerse. Y ese conocimiento, como se verá al leerla, está en consonancia con la manera de sentir, la sensibilidad, que late por debajo de la superficialidad de nuestro tiempo. La forma de abordar el material levanta en nosotros resonancias que sentimos como nuevas en la historia, de las que diríamos que nos ha tocado vivir a nuestra generación, que pertenece a nuestro punto de vista sobre el mundo, a la porción de realidad que nos es dado ver desde donde, en el siglo XXI, nos hallamos. Un ejemplo lo tenemos en ese tratamiento del tiempo que hemos mencionado al hablar del prólogo, esa subversión de la concepción lineal del tiempo. Otro lo tenemos en la creación de sentido inherente a las palabras. Cuando vemos a Alberto dudar de su condición de testimonio objetivo de la historia y creer que ésta se va haciendo con las palabras de él, nosotros también sentimos que intervenimos en los acontecimientos, porque nuestra interpretación, nuestra forma de contarlos y contárnoslos, es una ordenación de ellos, y la narración nos deja a nosotros, como deja a Alberto, esa libertad de ordenar. Una libertad que es a un tiempo condena y don.

 CONCLUSIÓN

         Debutar con una novela así, en fin, no es sólo sorprender a sus amigos; es también, salvado el prejuicio de que nadie conocido puede escribir de este modo, procurarnos la alegría que sentimos al descubrir un nuevo autor del que sabemos que, a partir de ahora, esperaremos ansiosos el siguiente libro.
Juan Fernando Valenzuela Magaña

domingo, 10 de agosto de 2014

Rosa cortada

 Cuento publicado en la revista de literatura Angélica, número 8, Lucena 1997-1998. Hoy lo escribiría de otro modo...

ROSA CORTADA

              En ese momento la cabeza de la chica que estaba sentada a mi lado cayó sobre mi hombro como rosa cortada. El autobús tragaba carretera y en la penumbra de su interior dormitaba la mayoría de la gente, yo también lo hubiera hecho instantes después si la cabeza de la chica no se hubiera tronchado sobre mi hombro. Yo no la conocía, me había sentado a disgusto a su lado, a disgusto no por ella, que, aunque con los ojos cerrados, o tal vez por ello, poseía una elegante belleza, sino por tener que ocupar yo el asiento de pasillo (pero ya sólo quedaban asientos de pasillo). Soy muy tímido, y sabía que aunque despertara no le propondría un cambio de sitio, y por supuesto ni siquiera pensé (lo pienso ahora que ya sé) en despertarla para hacerlo. Aunque la situación era incoherente, porque ella dormía igual en un asiento que en otro, mientras que yo, despierto, necesitaba la ventanilla para recordar el fin de semana mirando el cielo nocturno y reconociendo constelaciones. A eso pensaba dedicar mi viaje en penumbra, tal vez también a dormir si me entraba el sueño como a ella y como a la mayoría de los ocupantes del autobús.


             Fue segundos después de acomodarme, y unos minutos antes de que la cabeza de la chica, truncada, cayera sobre mi hombro izquierdo, cuando noté su primera mirada. Me refiero a la de los ojos del conductor, que se fijaban en mí desde el espejo retrovisor. Fue una mirada extraña, parecía querer decirme algo, advertirme de algo. La repitió dos veces antes de la caída de la cabeza como cercenada rosa sobre mi hombro. A partir de entonces su frecuencia aumentó. No pasaban dos minutos sin que echara una o más miradas, a veces fugaces, pero todas compuestas de inquisición y aviso.
       Tal vez la timidez a la que he aludido antes explique el hecho de que a mi edad, treinta años, nunca he conocido mujer. No sólo es que no he tenido nunca novia, ni siquiera un ligue breve o efímero, es que ni siquiera he tenido una amiga. La mujer es para mí un territorio tan desconocido como peligroso (por lo mismo, irresistiblemente atractivo). Me dan miedo las mujeres, tienen otra lógica, otra cosmovisión, otro lenguaje. Y nunca he podido traducir bien sus palabras, entender sus creencias, comprender sus razonamientos. Por eso cuando la cabeza de esa chica, de fina belleza (aunque cuando alguien duerme parece más hermoso, también más desprotegido) se derrumbó sobre mi hombro, no supe qué hacer. Primero pensé en moverlo suavemente, tal vez en una fingida y prolongada tos, de manera que su cabeza se zarandeara y ella despertara en una confusión que le permitiera dudar de la almohada utilizada, con lo que se reduciría la violencia de la situación. Pero hubo algo que detuvo la traducción de mi pensamiento a intención (y, por tanto, de ésta a acción) y cualquier otra idea orientada a alejar la cabeza de mi hombro. Y fue el perfume que subía de sus cabellos. Era una colonia cara, sin duda, y su olor combinaba la delicadeza con un cierto desenfado, como esos ricos de toda la vida que pueden ser exquisitos sin permanecer estirados y distantes. Me excitó, he de confesarlo, era como si su alma subiera envuelta en ese aroma y entregándose a mis narices. Entonces descubrí otro matiz en la colonia antes no percibido: desvalimiento, anhelo de protección. Algo delicado, elegante, desenfadado, abierto y vulnerable, tremendamente vulnerable. Me sentí por un momento una persona normal, con una novia o una amiga que se duerme a mi lado en el autobús y reclina sobre mi hombro su sueño. Normalmente yo me siento más indefenso que cualquier mujer (¿será por eso por lo que mi relación con ellas es tan... inexistente?), pero en este caso me envalentoné, tal vez de un modo algo ficticio.


     Fue ese arrojo momentáneo y un poco forzado lo que me llevó a dejar de prestar atención a las miradas extrañas del conductor y desplazar cuidadosa y lentamente la pierna izquierda en busca de la derecha de mi protegida. Pronto rocé su pantorrilla y su muslo y sentí un fuego subiendo por mi interior. No era la primera vez, de hecho este tipo de cosas, y lo confieso con vergüenza, constituyen mi única vivencia de la sexualidad. El contacto en un autobús, sobre todo urbano, donde la gente va enlatada y de pie, o en la cola de un cine,  los gemidos de placer de mis vecinos robados con un vaso en la pared, el cuerpo en camisón rojo de la estudiante del piso de abajo, por la ventana del patio interior, son mi erótico mundo de voyeur, de écouteur o de toucheur.  Todo lo que me excita es robado, arrancado a las mujeres sin su permiso ni su consciencia.


       Mi deseo pedía más riesgo y moví el brazo hasta tocar  el cuerpo de ella. No tardé mucho en darme cuenta de que lo que rozaba era su costado y su pecho derecho, y no, como creía en un principio,  su brazo, que colgaba como muerto hasta terminar en una mano enterrada al fondo del asiento. Una llamarada me ardió el rostro y mis ojos se encontraron sin querer con los del conductor, que ahora añadían un tono de reprobación a su pregunta y su aviso. Pegué mi cuerpo al de ella un poco más y con cuidado, temiendo que se despertara en ese momento y se diera cuenta de lo que pasaba (aunque siempre es difícil saberlo o, si se sabe, demostrarlo, teme uno más quedar como un loco que inventa, o como un ególatra que interpreta que todo gira en torno a él), y acerqué mi nariz a sus cabellos para envolverme en su erótico perfume. Hoy me parece aberrante, pero bajo mis pantalones se produjo sin avisar un disparo líquido y yo temí que mi estremecimiento la despertara. No lo hizo, pero el grado de censura de la mirada del conductor aumentó y yo, con la vergüenza de los minutos posteriores (siempre es así, me siento culpable) me retiré un poco de ella aunque dejé mi hombro protector. Tal vez el conductor pensara que era mi novia, aunque podía haberse dado cuenta de que yo le pregunté antes de sentarme si estaba ocupado (ella no respondió, ya estaba dormida). De todos modos, aprovecharse de una durmiente, novia o no, debe de estar mal.
    Pero por mucha vergüenza que entonces sintiera, no fue nada comparada con la que vino a continuación, cuando el conductor gritó en voz alta despertando a todo el autobús:
   — A ver, caballero, usted, el del hombro... Sí, usted (yo me hundía el índice en el pecho). ¿Esa chica es su acompañante?
   —No —dije, y la voz me temblaba, — no la conozco, de pronto su cabeza se ha echado en mi hombro...
   Y la miré y me sorprendió que con nuestra conversación ni se hubiera inmutado.
   —Es que ha subido borracha, muy borracha. La he observado: se ha sentado ahí y se ha dormido. Cuando usted se sentó, volcó la cabeza y no la ha movido desde entonces.
  —No sé qué quiere usted decir... —respondí después de un silencio, pero sí lo sabía, y por eso, sin que el conductor pudiera verlo, yo tomaba el pulso a la muñeca de la protegida de mi hombro y comprobaba con angustia que de nada había servido mi protección.

Juan Fernando Valenzuela Magaña