jueves, 31 de julio de 2014

Las manos de Escher

Texto finalista en el concurso de relato corto de Ciguñuela de 2005, y publicado por el Ayuntamiento de Ciguñuela (Valladolid). Incluido en el libro Cuentos rotos, Edinexus, 2012.



LAS MANOS DE ESCHER
I o II

            Estoy en una ciudad extraña, sentado en la terraza de un bar junto a una fuente con cubos en el centro. Me he escapado de mi casa. Esa es al menos la sensación que tengo, aunque frise los cuarenta años y viva solo en la de mis padres desde que murieron hace pocos años.
            Nunca he estado en una ciudad tan grande, y ayer me pasé todo el día simplemente mirando a la gente, sus ropas, su manera de andar, sus gestos, sus palabras, sus risas, sus bolsas, sus maletines, sus miradas. Todo es distinto aquí, hasta el aire, no huele igual.
             No sé bien qué hacer con mi libertad, no tenía otro propósito que el de escaparme y, cuando lo he hecho, me pregunto: ¿y ahora qué?
            Por lo pronto, he comprado un bolígrafo y una libreta y, supongo que influido por alguna imagen del cine o alguna olvidada lectura, me he sentado en la terraza de un bar y he pedido un café dispuesto a escribir. La taza está vacía desde hace ya una hora, pero no estoy acostumbrado a la tarea, y me distraigo mucho mirando la gente que pasa o que se sienta cerca de mí. Podría pedir otro, pero cuanto antes se me termine el dinero antes terminará mi escapada y antes volveré a mi pueblo.
            Aunque mi lentitud también se debe a otro motivo: no sé qué escribir. Supongo que hay dos tipos de escritores: los que tienen ideas y necesitan escribirlas y los que quieren escribir y necesitan ideas. Algo así ocurre con el amor: los hay que están enamorados y buscan mujer y los hay que tienen una mujer que los encamina al amor. Yo quiero escribir y busco ideas.
            Quién sabe cómo nacen éstas, pero el caso es que hacía diez minutos que acabé el párrafo anterior cuando he sentido en mi cogote la mirada impaciente del camarero y entonces ¡ahí estaba! Estimulado sin duda por la necesidad de aprovechar un tiempo que cada vez se me hace más incómodo (no me pienso pedir nada más, no) he pensado en ella.
            Ella es una joven extranjera, de turismo en esta ciudad. Viaja sola, como yo, pero no se ha escapado. Hay países donde la gente joven considera importante para su formación viajar sola a países europeos, sobre todo europeos. La imagino con minifalda, una minifalda escandalosa incluso en esta gran ciudad, porque la gente se para a mirar sus piernas. Estaría sentada en un banco que hay a unos metros, delante del edificio principal de una Caja de Ahorros.
            No sé bien qué hace, si está dibujando algo (la fachada, por ejemplo) o si escribe una postal para sus padres, incluso para su novio. Quizá en ella le diga, en su idioma, claro: “Noto las miradas de la gente sobre mis piernas desnudas. Es como si unos dedos de calor repiquetearan constantemente en los muslos. Sobre todo en los muslos.” Él, claro no se sentirá ofendido, leerá complacido y con una sonrisa esas palabras. Ni siquiera pensará: “Yo estoy por encima de ese tipo de celos” (en su idioma, claro), porque pensar eso es tenerlos un poco. No pensará nada, en eso consiste la ausencia de celos, del mismo modo que el verdadero ateo no es el que niega a Dios, sino el que no se pregunta ya por Él. Aunque podría ser un país culto y pequeño, con un idioma extraño, Hungría por ejemplo, algo conozco del alma húngara. En ese caso el novio no adoptaría esa actitud.
            Pero ahora pienso que no dibuja ni es una postal sobre lo que está inclinada, sentada en el banco frente al banco, las piernas juntas sosteniendo, sí, una libreta como la mía. La húngara está escribiendo un cuento. Se siente incómoda por las miradas de la gente, piensa que acaso alguien la puede confundir con una fulana (ya le ha pasado, en la misma ciudad) y ofrecerle dinero a cambio de quitarse el escaso trozo de tela que parece una tilde sobre sus piernas. O puede que no, que en el fondo le guste esa sensación de ser observada.
            Imagino qué escribe.


II o I

            Es como si unos dedos de calor repiquetearan en mis muslos, así noto sin levantar la cabeza las miradas de la gente que pasa. Es un calor tibio, agradable, como el del sol que aparece y desaparece según se descorra o corra la cortina de las nubes. Aquí me miran de un modo distinto, más sano que el de mi país, donde todo es turbio y viciado. A eso debe de oler en Hungría, a agua corrompida, aunque yo no lo sepa porque nadie percibe la propia atmósfera, mientras que en España huele a jovial despreocupación, a saludable cercanía. Es un olor puro el de aquí, con todos los matices expuestos en su claridad, no como el de Budapest, denso y con pliegues, con doblez pastosa. Siento lo que siente el que se escapa provisionalmente.
Sólo en una pesadilla se me ocurriría ponerme allí esta minifalda, que compré por juego hace años. “No te pondrás eso, ¿verdad?”, dijo mi novio al verme echarla a la maleta. Él no entendería estas miradas que siguen lloviendo sobre mis piernas, pensaría que la gente me mira como él y como todos los húngaros, con sinuosos ojos , con la pupila como el doble fondo de las maletas.
Es éste un país que me inspira, escribo más libremente en él, sin ese dolor con que siempre me pongo ante el folio en blanco. Es como si me diera un poco igual que lo escrito salga mejor o peor, y decidiera disfrutar del ruido de la pluma cuando araña la hoja y de la impaciencia de las ideas cuando trotan en mi mente.
Siempre me ha gustado lo español, de niña leía embobada una versión infantil y magiar de la historia de don Quijote y luego aprendí el idioma correctamente. En él escribo esto, y no es poco lo que debo a un joven que conozco del chat. Me hubiera gustado verlo, pero pedirle que salga de su pueblo es como pedir, en una expresión española que me gusta, peras al olmo. Y si me ve aparecer en él sufriría un ataque.
 Tal vez me haya atraído siempre España porque los españoles son como nosotros, también tuvieron un Imperio y lo perdieron, también tienen ese orgullo del que ha fracasado por circunstancias ajenas o por su propio exceso de espíritu. Pero, a diferencia de nosotros, se ríen de su derrota y la desprecian, hay una mezcla curiosa de estoicismo y epicureísmo que les permite gozar de lo que tienen como si eso que tienen coincidiera exactamente con lo que quieren. Nosotros no, nosotros somos más serios y más llorones, nos lamentamos mirando las glorias pasadas como si las lágrimas las fueran a resucitar. Tenemos el paladar hipersensible al agridulce placer que proporciona amasar el dolor, revolcarse como cerdo en él.
He levantado la cabeza y he sorprendido algunos ojos mirando mis piernas. Pero los míos se han parado en la terraza de aquel bar. Estaría mejor allí que en este banco, pero debe de ser cara la consumición. Todo cuesta aquí más que allí, y además no es mucho el dinero que tengo (sí el esfuerzo y el tiempo que me costó ahorrarlo).
Me sentaría en esa mesa vacía y soleada de allí. Como no puedo, sentaré a un hombre, un hombre español provinciano como mi colega de chat, aunque de más edad, sobre unos cuarenta años, escapado de su casa, aunque a nadie tiene que rendir cuentas porque vive solo, sus padres murieron hace años. Apenas ha salido de su pueblo a lo largo de su vida, y este viaje es una suerte de liberación, todo le parece nuevo y todo lo mira con asombro. Incluso, algo insólito en él, se compra una libreta y un bolígrafo y, sentado al sol de esa mesa, con una taza pronto vacía, se pone a escribir.
Imagino qué escribe.



Escher, Manos dibujando, 1948



Portada del libro editado por el Ayuntamiento de Ciguñuela 





 Portada de Cuentos rotos, Edinexus, 2012. http://edinexus.com/cuentos-rotos/

lunes, 28 de julio de 2014

La luz en el pozo

Segundo premio en el VII Certamen Literario Villa de Navia, publicado en un libro editado por el Ilustre Ayuntamiento de Navia y Cajastur en 2005. Publicado también en la revista Stella de 2004.


LA LUZ EN EL POZO

A mis padres

            La materia de la que estoy hecho, el casi definitivo olvido, se estremece al irrumpir mi voz en estas páginas. Cómo no temblar al dirigirme a ustedes, vecinos del lugar donde, hace más doscientos años, pasé los mejores de mi vida. Y cómo, al mirar las vuestras, no transcribir con profunda tristeza las palabras de mi amigo Jean-Jacques, el ginebrino que, él sí, ha conseguido hasta hoy burlar al olvido: “¡Qué de recursos para el bienestar, qué cantidad de comodidades desconocidas para nuestros padres, cómo gozamos de placeres que ellos ignoraban!/ Es cierto, tenéis la comodidad, pero ellos tenían la felicidad; vosotros sois razonadores, ellos eran razonables. Vosotros sois educados, ellos eran humanos; todos vuestros placeres están fuera de vosotros mismos, los suyos estaban en sí mismos.” Sí, también esas palabras tienen más de doscientos años y la discreción que los asuntos de faldas imponen me impiden aclarar a qué señora iban dirigidas.
            Pero ustedes no saben aún quién soy. Mi nombre es Francisco Pedro Martínez, y fui prior de este pueblo, entonces aldea, en el segundo cuarto del siglo XVIII. Si bien algunos de ustedes me conocen por haber sustituido el altar mayor de la iglesia y haberlo luego cambiado de sitio (debo esta mínima gloria a D. Miguel Nieto, así como mi fama de mal gusto artístico), hasta unas generaciones después de mi marcha se pronunció mi nombre con una entonación de misterio, a veces respetuoso y venenoso a veces. Y ello por los siguientes motivos: mi vasta cultura, que yo no exhibía pero que tampoco ocultaba continuamente, mis “desapariciones” periódicas y mi amistad con una niña ciega.
            Es de esto último de lo que quiero hablar ahora que un vecino de este pueblo me presta su voz, esta revista sus páginas y ustedes su atención. No tanto porque esa niña sea el punto de apoyo de cuantas calumnias se vertieron solapadamente sobre mí (también se tragó el olvido esas mentiras y las bocas que las profirieron, “todo es efímero: el recuerdo y el objeto recordado”, meditó Marco Aurelio), sino porque no encuentro mejor manera de aprovechar este momentáneo rescate del olvido que rescatando a mi vez a una persona excepcional que en todo momento reflejaba al Creador.
            La conocí una mañana de 1746 en Úbeda. Recuerdo que discutía con mi amigo Fajardo el optimismo de un verso de Pope: “One truth is clear: whatever is, is right”. Ambos formábamos una isla en un mar de ignorancia. Sin mucha valentía, pertenecíamos al grupo que el ya fallecido obispo de Jaén Francisco Palanco había llamado novatores en el título de su libro Dialogus physico-theologicus contra philosophiae novatores, sive thomista contra atomistas, que había provocado un gran revuelo en el ambiente cultural español de nuestra juventud y la contestación de autores como el padre Jean Saguens, Zapata o el padre Juan de Náxera oculto tras el seudónimo de Alejando de Avendaño. A todos los habíamos leído deleitándonos en secreto con sus ataques, aunque nuestros maestros habían sido anteriores, Isaac Cardoso y Juan Caramuel.  Incluso habíamos viajado juntos al extranjero en nuestro período de formación y, cuando ahora uno de los dos lo hacía, traía libros y noticias del exterior, sobre todo de Francia. La niña me pidió una limosna, que yo le di distraídamente, sin dejar de hablar con Fajardo. Sólo reparé en ella cuando me preguntó: ¿Está seguro de que era esto lo que quería darme? Mire que me lo ha dado sin prestar atención. Entonces la miré y vi que era ciega. En efecto, le había dado un real queriendo darle un maravedí, pero su sagacidad y su honradez se lo merecían. Lo que más me sorprendió de todo no fue que una ciega de tan corta edad conociera al tacto el valor de las monedas, tampoco que una vagabunda sin recursos quisiera cerciorarse de que le habían dado lo deseado, sino que se hubiera dado cuenta de que yo había actuado con distracción. Interrogué a mi amigo sobre ella y me dio las referencias que sabía. Su nombre era Gregoria; su origen, Quesada. Un cosario de ese pueblo la trajo junto con carta del corregidor y buen ajuar a la Casa-Cuna de la Cofradía de San José, un día de invierno de hacía ocho años. Una hija ilegítima, aventuró mi amigo, por lo del ajuar. Y un auténtico milagro, añadió, nadie en esa Cuna sobrevive tanto.
            No necesité más de tres encuentros casuales para entender que Gregoria era especial. Tenía una inteligencia viva y rápida, y su oído y su tacto habían suplido la carencia con la que vino al mundo. Cuando le pregunté que cómo creía que era, me dijo: eres alto, hueles bien y tu voz es morena y sincera. A mi pregunta de por qué sabía que yo era alto, me contestó: tus palabras me llegan más de arriba abajo que las de la mayoría de la gente. Eres alto como las torres del Hospital de Santiago: ya no son torres/ que son macetas/ llenas de flores.
            Le gustaban los romances que traían los ciegos, y su prodigiosa memoria le permitía salmodiarme de memoria aquel que editaron en Úbeda sobre la manera de vivir de los gañanes en sus cortijos: Hoy mi lengua se prepara/ para poder esplicar/ de la jente cortijera/ decir la pura verdad. Pero les gustaban más los de guapos y bandidos: Ya subo por la escalera, /ya el verdugo me acomete/ creo en Dios Padre y Dios Hijo,/ aquí fué el dolor más fuerte;/ ya me sientan en el palo,/ mirando estoy á la gente,/ me retiran la cabeza,/ en un torno el cuello meten,/ y al decir su único Hijo/ á pelear voy con la muerte.
Hay mujeres, me dijo hablando de uno de esos romances, que pierden la cabeza por hombres guapos. Al menos a mí no me pasará eso. A lo que yo contesté: Tú sabes muy bien cuándo un hombre es guapo, aunque no lo veas. Y me expuso con la tranquila seguridad de quien lleva años dándole vueltas a una idea: Yo me casaré con un sordo, así le prestaré el oído y él a mí la vista.
            Recordé una operación de la que me habían hablado en una de mis escapadas a Francia, siendo ya prior en Navas. Un cirujano londinense, llamado Cheselden, a finales de la década de los veinte, había operado con éxito de cataratas a un joven de 14 años ciego de nacimiento. La operación se comentaba en círculos intelectuales en relación con el por entonces famoso problema de Molyneux. William Molyneux era un científico irlandés que expuso en una carta al filósofo Locke la siguiente cuestión: supongamos que un hombre adulto ciego de nacimiento capaz de distinguir mediante el tacto un cubo de una esfera (hechos del mismo metal y aproximadamente de igual tamaño) adquiere la visión y tiene ante sí, sobre una mesa, el cubo y la esfera mencionados. ¿Podría decir sin tocarlos cuál es el cubo y cuál es la esfera? Tanto Molyneux, como Locke, que a finales del siglo XVII divulgó el problema, respondieron que no. Berkeley se adhirió a esta respuesta. Voltaire —hoy puedo pronunciar este nombre sin temor a represalias— importó la cuestión a Francia, de la que se ocuparía luego (pero esto lo supe después de que Gregoria muriera) La Mettrie, Diderot, Buffon y Condillac, este último sosteniendo que el tacto es el sentido de la objetividad, el que enseña a los demás a proyectar sus sensaciones al exterior, el que nos saca de nosotros mismos.
            Yo había leído algo de la polémica suscitada por esa carta de Molyneux, que encubría la lucha entre el racionalismo y el empirismo, el a priori y la experiencia, la realidad y los sentidos. Me había incluso apasionado un tiempo con los argumentos de unos y otros. Pero, al conocer a Gregoria, todos esos debates se iluminaron bajo una nueva luz, cobraron un calor especial, como si ella me hiciera comprenderlos mejor y como si ellos me hicieran querer de un modo muy cercano a la niña ciega.
            Entonces pensé en otra “escapada” a Francia. Afortunadamente, mi ayudante en la iglesia, el licenciado Manuel Antonio de la Villa, era un hombre en quien se podía confiar, y a su cargo dejé la feligresía.
            A través de mi amigo Jean-Jacques, que la posteridad, es decir, vosotros, conocéis como Rousseau y como pensador, pero que entonces intentaba destacar como autor teatral y como compositor, conocí a Diderot. Acababa de publicar una obra que había sido condenada y de meterse con d´Alembert en el proyecto de la Enclopedia. Hablaba por los codos y de todo, de política y teatro, de historia y de traducción, de filosofía y de artesanía. De todo y, por fin, de lo que a mí me interesaba y por lo que mi amigo me había llevado allí. En efecto, me habló de Saunderson. Era éste un matemático inglés, ciego desde que tenía un año, que dio clases en Cambridge. Pero no sólo explicaba las matemáticas; también — y asombraos conmigo— hablaba de óptica, daba discursos sobre la naturaleza de la luz y de los colores y exponía la teoría de la visión. Este hombre sin duda excepcional había diseñado máquinas que le permitían hacer cálculos algebraicos y estudiar la geometría. Diderot me explicó en qué consistían y cómo se manejaban. Meses después volvió a hacerlo, para el público en general, en una carta que lo llevó a la cárcel, Carta sobre los ciegos para uso de los que ven.
            Cuando regresé, construí yo mismo los artilugios de Saunderson y fui a Úbeda por la niña. Como no la encontrara, pregunté por ella, y unos zagales me dijeron que la habían detenido y que la estaban juzgando en ese mismo momento. Unos chicos se habían metido con ella, lanzándole burlas y piedras mientras decían estoy aquí, ahora aquí, ¿dónde estoy? Gregoria cogió una de esas piedras, se quedó quieta y atenta un momento y la arrojó directamente a la frente de uno de ellos. Llegué a la sala donde el corregidor la interrogaba y me quedé al fondo. Mientras ella volvía la cabeza y me decía me alegra tanto que esté usted aquí, aquél pronunció estas palabras: Si vuelves a hacer eso te echaré al fondo de un pozo. Gregoria, volviéndose ahora hacia él, respondió con inverosímil serenidad: ¿Dónde cree usted que estoy desde que nací?.
Me traje, pues, a Gregoria a Navas. Mi sobrina Mª Juliana la alojó en su casa, pese a las reticencias de su marido, Pedro Salido. La ceguera de la niña despertó la superchería de parte del pueblo, y su rápido aprendizaje, en vez de ser atribuido a su voluntad y su inteligencia, se relacionó con el diablo. Tales venenos destila a veces la ignorancia.
            Enseñar a la niña fue el modo más hermoso que tuve de aprender en una vida llena de libros. Descubrí entonces que entender algo es saber mirarlo, y por primera vez comprendí muchas cosas que erróneamente creía saber.
            No sólo conocía romances pícaros y macabros la niña. Su mente infantil se había nutrido sobre todo de historias mágicas de cuya autenticidad no dudaba, como la transportación por el diablo del obispo de Jaén. He de decir que, de no tener yo historias verdaderas tan hermosas como las falsas en que ella creía, dudo mucho que se las hubiera desvanecido como lo hice. Pero arremeter con argumentos contra la superchería y la superstición, los burdos embustes y los falsos milagros, no suponía acabar con el misterio del mundo y su encanto y sus portentos, sino precisamente lo contrario, la admiración de lo cierto y no inventado y, sin embargo, mirífico. ¡Cómo creer que el obispo de Jaén amaneciera en Roma cubierto de la nieve que le había caído a su paso por los Alpes y, al mismo tiempo, se dijera que el diablo intentó hacerle pronunciar el nombre de Jesús para dejarle caer sobre el mar! ¿De Jaén a Roma a la vez por tierra y por mar? Pero es que además en esta historieta se cumple esa ley que tan bien expuso Benito Jerónimo Feijoo, según la cual las noticias llamativas son retocadas en cuanto al lugar y a los protagonistas para hacerlas más cercanas y, por tanto, más atractivas. En efecto, esta historia, le decía yo a la niña, se cuenta también de San Atendio, obispo de Visitaña. Pero ni hay santo con aquel nombre ni diócesis con este. Y seguía de este modo desbaratando su fábula.
            Tanto le maravillaba mi destrucción de sus falsos castillos como en su tiempo la construcción de ellos por parte de gente ignorante y crédula. Disfrutaba desplegando su agudeza sobre algunos de estos cuentos. Así, ella misma me dijo que dos hombres de su pueblo aseguraban haberse topado, perdidos, en un lugar desierto, con cuatro gigantescas y horribles figuras que eran, decían ellos, demonios, de los que huyeron espantados. Pero, añadía la niña, ¿cómo, si eran realmente demonios, no pudieron darles alcance?
            No la hizo esto, sin embargo, escéptica, sino crítica y prudente. Y, por supuesto, cuando había pruebas suficientes, no dudaba de la realidad del hecho, por extraño que fuese. Como cuando, hablando de su ceguera, le relaté malformaciones mucho peores en la Naturaleza. Le hablé así de una liebre de Alemania que tenía dos cabezas y ocho pies, de modo que cuatro correspondían a una, y cuatro a otra, mirando, cabezas y pies correspondientes, a partes opuestas. Cuando la liebre era perseguida en la caza, corría con cuatro de sus pies mientras los otros cuatro descansaban y, al fatigarse, se volteaba y seguía corriendo dando descanso a los pies que le habían permitido hasta ese momento huir. Pero también en seres humanos ocurren cosas de ese tipo, le exponía, como un infante de dos cabezas, dos cuellos, cuatro manos, y el resto como de un individuo solo, nacido en Medina-Sidonia dos años antes que ella. El caso fue objeto de discusión filosófica y teológica, porque, al considerarse arriesgado el parto, fue bautizado en el primer pie que sacó. ¿Eran dos individuos o uno? Si eran dos, ¿ambos quedaron bautizados? Se discutía por entonces si era la duplicidad de cerebros o de corazones la que permitía dilucidar si esos monstruos eran dos individuos o uno solo. Yo sostenía la tesis de Feijoo de que la clave estaba en el cerebro, y le contaba a la niña que sin corazón se podía vivir algún tiempo, como le pasó a un hombre al que los Indios sacrificaron a sus ídolos arrancándole el corazón; tras caer por casi treinta escalones, dijo: Oh nobles, ¿por qué me matáis? Por supuesto, hay que descontar para esta argumentación los milagros, como el de San Dionisio Aeropagita que, degollado, tomó su cabeza en las manos y caminó así dos mil pasos.
            Mas no todo eran sesudas disquisiciones y laborioso aprendizaje. También gustaba mucho Gregoria de chistes y sucesos graciosos, y yo alimentaba su paladar. Varias veces me hizo que le contara la historia del eclesiástico de poco entendimiento al que, en Roma, le hablaron en latín y, pensando que era italiano, dijo a los que le rodeaban: Como no sé la lengua italiana, no puedo responderle: que si me hablara en latín, le había de confundir. O aquella ocasión en que en un corrillo se burlaban de lo grande que era el pie de Quevedo. Éste dijo que había otro mayor en el corrillo. Como todos se miraran los pies y comprobaran la falsedad de lo dicho, se lo echaron en cara al escritor, el cual respondió sacando el otro pie, que tenía retirado y que, en efecto, era mayor. Le gustaba también mucho aquella historia donde una moza que llevaba delante una burra cargada de algo se encontró con un caballero al que agradó. ¿Dónde vas?, le pregunta él a ella. A mi lugar, responde la moza. ¿Y cuál es éste?. Las Navas —seguía yo las reglas de estos cuentos y lo acercaba a nuestro entorno. Entonces, dice el caballero, conoceréis a la hija de Juan Tauste. Sí, claro, dice ella. Pues llévale este beso de mi parte, dice el caballero intentando besarla. A lo que la moza responde: señor, si tenéis tanta prisa en mandar el beso, dádselo a mi burra, que va delante de mí y llegará antes.
            Pero sin duda su gracia favorita era la de aquel hombre que llegó a un pueblo diciendo que rejuvenecería a las viejas. Varias lo creyeron y le preguntaron qué habían de hacer. Él les contestó que escribir cada una en un papel su nombre y edad. Había de setenta, de ochenta, de noventa años, y todas pusieron fielmente el número. Al día siguiente el pillo dijo que una bruja envidiosa le había robado las papeletas y que volvieran a hacerlas. También les dijo que el procedimiento consistía en quemar viva a la más vieja y en que las demás comieran una porción de sus cenizas. Todas se quitaron años entonces a la hora de ponerlos en el papel: la de noventa se puso cincuenta, la de sesenta, treinta y cinco. Así, el pícaro recogió las papeletas y, sacando las del día anterior, dijo: ya lograron vuesas mercedes lo prometido, ya todas se remozaron, usted que ayer tenía noventa años hoy tiene cincuenta, usted, con sesenta ayer, hoy goza de treinta y cinco.
            Ya volaba, aunque tímidamente, el rumor que acabaría devolviendo a la niña a las calles de Úbeda, cuando intentaron robar en la ermita. Las alhajas de la Virgen de la Estrella fueron de nuevo objeto de la sacrílega codicia de los ladrones. Sin éxito, porque la providencia quiso que los objetos valiosos se hubieran trasladado a la iglesia parroquial con motivo de las proyectadas obras en la ermita. El intento de robo indignó mucho a la niña, de un modo tal que me hizo pensar que acaso nuestros sentidos tengan algo que ver en nuestra manera de entender el mundo y, por tanto, en nuestra moral. Un ciego es más vulnerable al robo que un vidente, y por tanto este pecado más condenado en su corazón.
            Fue con motivo de este hecho que le comenté que años atrás, en los tiempos inseguros de Carlos II, se utilizaban unos subterráneos que en la ermita había, de los que apenas se tenía ya noticia. Entusiasmada con esta historia, me insistió en que la dejase merodear por ver si los encontraba. Asombrado me quedé al comprobar que, mediante el sonido que las paredes hacían, descubrió un trozo falso de una que daba acceso a una galería subterránea. Me convenció para que rompiera parte de él, y se introdujo por la oquedad. Recorrió la galería con la velocidad de un murciélago, a juzgar por los ruidos de sus pasos que yo, incapaz de aventurarme a oscuras, a más de que no cabía por el estrecho agujero, oía desde la recién abierta entrada. Entonces apareció con una figurilla, una minúscula estatua de lo que parecía ser un dios, o tal vez un héroe, griego o fenicio, o incluso ambas cosas a la vez, quizá el Heracles-Melqart tan querido de Aníbal. Cuentan que éste conservaba una estatuilla que lo representaba y que había pertenecido a Alejandro Magno. Nada cuesta soñar, si tenemos en cuenta la posibilidad de que Aníbal pasara por aquí, que se trate de la misma. Se encaprichó Gregoria de la imagen y, aunque no era muy aficionada a las historias bélicas y me había costado hacerle entender las guerras púnicas, no se separaba de ella. Cuando esa circunstancia fue conocida, el rumor se avivó grandemente, y hubo quien dijo que la figura era diabólica y la niña una bruja en ciernes o incluso consumada. Sólo así, decían, puede saber tanto con tan corta edad y con tan inexistentes luces.
            No más, y aun menos, tenían ellos que la pobre niña. Porque de nada sirve la vista si la conducen prejuicios y errores, más que para desviarnos del camino de la verdad ufanándonos de nuestra ignorancia.
            Pero Gregoria volvió a Úbeda, una vez la situación empeoró para mí y, sobre todo, para ella. Justo es reconocer que hubo gente que en silencio e incluso sin él la apoyaban. Pero el ambiente se había enrarecido demasiado y la prudencia aconsejaba que se marchara. Habían pasado cuatro años desde que la conocí y apenas dos desde que comenzara a darle clases.
            Ignoro si su vuelta a la mendicidad después de unos meses de cierta comodidad influyó en la enfermedad que la llevó al Hospital de Santiago (“ya no son torres/ que son macetas/ llenas de flores”), donde podían escucharse las quejas de moribundos y enfermos contagiosos, en un año que la historia recordará como uno de los más hambrientos y mórbidos en la Úbeda de mi siglo. Quiero pensar, sin embargo, que una criatura tan pura había nacido en un lugar y un tiempo equivocados. Siempre lamenté no haber estado en sus últimos minutos junto a ella, aunque sé que murió tranquila y feliz. No de otro modo pudo ser si tenemos en cuenta que lo hizo el 1 de mayo de 1751, cuando celebrábamos la misa en la ermita de la Estrella. Sin duda la Virgen la ayudó en el tránsito. Cuando, días después, fui a verla en vano, me dieron la noticia y me entregaron la figurilla que, dijeron, encontraron apretada en su mano.
FIN


NOTA. Creo oportuno hacer constar que, salvo alguna excepcional licencia, todos los personajes de este cuento existieron o dejaron de hacerlo en las fechas señaladas (incluida la más sospechosa, la de la muerte de Gregoria). Mi tarea ha sido soñar una historia que los relaciona y que sólo el azar que elige uno de entre los caminos posibles pudo hacerla o no real. O tal vez decir esto sea presunción por mi parte y yo haya sido no más que el instrumento para que el doctor  Francisco Pedro Martínez pudiera narrar la historia que vivió o que quiso vivir.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

martes, 22 de julio de 2014

El prior y la reina (Revista de San Juan, 2010)



EL PRIOR Y LA REINA

                    
         Nacieron el mismo año, él en agosto y ella en octubre. Sin embargo, entre ambas vidas, ya desde su nacimiento, habría una distancia casi insalvable. Él nació en Villargordo, Jaén, y ella en el Castillo de Balmoral, en Escocia. Él pasó su infancia jugando en la piedra de las calles de su pueblo andaluz y ella en las losas de los pasillos y el césped de los jardines de los Castillos de Windsor, Balmoral y Osborne. Los sueños de todas las infancias se parecen, y es probable que, aun en contextos tan distintos, él y ella, salvo una impensable excepción, nunca estuvieran tan cerca como entonces. Quizá también coincidieron en la brevedad de sus infancias: la de ella podemos pensar que terminó a los ocho años por la muerte de su padre, la de él a los diez cuando ingresa en el Seminario Conciliar de Jaén. A partir de ahí sus vidas no tuvieron nada que ver, sus mundos serían completamente ajenos. Es extraño cómo el planeta, en un mismo momento, es habitado por seres humanos tan alejados entre sí, por alguien que está más cerca de un antepasado suyo que murió dos siglos antes que de un coetáneo con el que podría cruzarse y al que podría tocar. Es como si fuera exactamente al revés de como es: para cualquiera de ellos, el otro tiene la inaccesibilidad de lo que se da en una dimensión que no es aquella en la que nos movemos, en un orden de cosas que ni siquiera rozamos en nuestra existencia, aunque de él tengamos noticia. Es impensable que entre esas dos vidas, la de un seminarista y luego párroco y la de la nieta favorita de la reina Victoria de Inglaterra y luego reina de España, se estableciera algún contacto alguna vez. Y, sin embargo, fue eso lo que ocurrió la mañana del 14 de noviembre de 1916, martes, en Toledo.

         Ha pasado casi un siglo y todo ha cambiado tanto que cuesta imaginar qué sensaciones tenía ese hombre que un día de noviembre de 1916 salía de las Navas para ir a Toledo. Lo que entonces era futuro es hoy remoto pasado, lo que entonces podía todavía no ocurrir es ahora inamovible historia. Se libraba la Gran Guerra, la I Guerra Mundial, tan lejana ya en nuestra memoria que cuesta pensar que alguna vez llegara a ser actualidad. Poco sabemos de ese hombre que mira el monótono, quijotesco paisaje manchego bajo una luz casi de invierno. Conocemos su nombre, don Francisco, su edad, veintinueve años, y que lleva dos en la parroquia de Navas de San Juan tras aprobar unas oposiciones. Antes ha estudiado en Roma y enseñado en el Seminario Diocesano de Jaén. Poco más, casi nada en total, apenas el esqueleto de una vida. Mientras camina por las calles de Toledo en busca de su alojamiento y mira con ironía – por inaccesible– el hotel Castilla, de cinco estrellas, se cruza con azacanes que llevan en sus burros cántaros de agua del Tajo, con niños harapientos y sucios, con un mendigo camino de una iglesia donde pedir, y piensa en el atraso de España. Llega por fin don Francisco a la posada de la Sangre, donde se decía que Cervantes escribió La Ilustre Fregona.
        
         Ha soltado don Francisco la maleta en el suelo de su habitación y ha mirado alrededor. Por esos años Azorín ha descrito así los cuartos de las posadas castellanas: "En los cuartos de las posadas hay unas camas chiquititas y abultadas; las cubre un alfamar rameado; en las maderas de las puertas se ven agujeros tapados con papel, y las fallebas y armellas se mueven a una parte y a otra y cierran y encajan mal. Se percibe un olor de moho penetrante". Sobre una mesa deja sus libros escolásticos y no puede evitar repasarlos una vez más. El martes 14 don Francisco va a intervenir poniendo argumento en las oposiciones para la canonjía vacante en la Santa Iglesia Catedral Primada. Los concurrentes son de peso, sobre todo D. Rafael Martínez Vega, doctor como él y canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Guadix, o el también doctor y canónigo de Ciudad Real Don Evaristo Quirós. Don Francisco, tras pasar de nuevo por el patio de la posada, sale a la calle.
         Toledo es una ciudad de callejuelas y rejas, y desde hace poco famosa por haber en ella vivido y pintado el Greco. Don Francisco está cansado del viaje, es domingo por la noche y hay animación en la plaza de Zocodover. Entra en el Café El Español y se sienta en una de sus mesas. Levanta la cabeza y contempla con una sonrisa las pinturas de José Vera en el techo. El café fue abierto con gran pompa hace unos años "aunando el lujo con el buen gusto, así como la excelente calidad en los géneros, lo selecto en el servicio y la economía en los precios", según rezaba la nota de El día de Toledo en el momento de su inauguración. Hay un periódico atrasado de El castellano sobre la mesa. Mira su fecha: día 6 de noviembre. En la sección de noticias aparece lo siguiente:
        

NOTICIAS
                                                                      
Opositores
           
En las oposiciones que tendrán lugar en bre-
ve á la canonjía vacante en la Santa Iglesia Ca-
tedral Primada, por defunción del muy ilustre
señor D. Cándido García de los Huertos, tomarán
parte, según nuestros informes, los siguientes
señores:
Doctor D. Francisco del Moral, párroco de la
diócesis de Jaén.
Muy ilustre señor doctor D. Rafael Martínez
Vega, canónigo de la Santa Iglesia Catedral de
Guadix.
Doctor don Lorenzo Arpa de la Fuente, párro-
co de Ciruelos, de esta archidiócesis.
Licenciado D. Tomás Gil Martín, profesor de
Teología Dogmática del Seminario de Calahorra.
Doctor D. Fernando Peña Vicente, profesor
de Teología Dogmática del Seminario de Sala-
manca.
Licenciado D. Isidro Soto Fernández, profe-
sor de Teología Dogmática del Seminario de
Astorga.
Doctor D. José María Bares Carreras, profesor
de Teología Dogmática del Seminario de As-
torga.
Muy ilustre señor doctor D. Evaristo Quirós,
canónigo de Ciudad Real.

         Un tal José Calvo Sotelo firma un artículo titulado "Marasmo", donde habla de lo secularizador que es el cine. Don Francisco, dejando su memoria y su pensamiento vagar en las alas del cansancio, recuerda un suceso acaecido hace unos años, en 1912: un cine se incendia en Villarreal, provocando 62 muertos. Puigvert filma el paso de la caravana de féretros. Una muerte en el cine inspira al propio cine, ningún arte se va a alimentar como éste de sí mismo. Todo lo humano empieza a convertirse en espectáculo. En la guerra europea, los disparos de los cañones tienen lugar al tiempo que los de las cámaras.

         En la capilla del Palacio Arzobispal, a las diez, da comienzo la disertación del licenciado don Isidro Soto Fernández. El tribunal está presidido por el cardenal Guisasola, y lo forman, además de él, otras cuatro personas. Justo cuando don Isidro termina su intervención, el cardenal Guisasola mira su reloj y se ausenta. Todos saben por qué. Tiene que recibir a la reina Victoria Eugenia de Battenberg y a su prima Alicia de Teck, y acompañarlas en su visita a la catedral. No asiste, pues, a los argumentos de los doctores don Rafael Martínez Vega y don Francisco del Moral Almagro. Éste ha estado algo nervioso,  y no ha tenido tiempo de pensar en la reina. Pero ahora, satisfecho, al salir a la fría mañana de noviembre, ve el revuelo que hay en la puerta de la catedral, siente curiosidad y se acerca junto con los otros dos opositores.  Una mujer dice aquella es la duquesa de San Carlos, a lo que otra añade y esos de ahí son los marqueses de la Vega Inclán. Pero los ojos del prior se han dirigido directamente a la figura de la reina, que en ese momento habla con su prima Alicia y el cardenal Guisasola. Son las doce y media.

         Le llama la atención la elegancia de doña Victoria Eugenia y sobre todo su gesto frío, distante, inglés. Separándose sin darse cuenta de los otros dos, el prior se acerca como hipnotizado por ese belleza glacial que parece esculpir los rasgos regios. Ella cambia de postura para atender al marqués de la Vega Inclán, organizador de la excursión, quien le dice que se ha hecho tarde y que irán derechos al hotel Castilla a almorzar. En ese momento las miradas de la reina y del prior se cruzan, los ojos azules de Victoria Eugenia reparan en el rostro asombrado y escudriñador de don Francisco. Dos mundos alejadísimos entre sí, dos vidas que nada tienen que ver, han coincidido y se miran atentas. Ella se siente algo turbada, y él percibe ese azoramiento. En algún lugar el hielo se ha derretido y el prior ha pasado dentro, a una estancia más cálida donde coexiste el recuerdo de las postales que cada semana le enviaba Alfonso XIII con la traición conyugal de éste. Todavía no están del todo fríos los "mil y mil besos de tu Ena" con que ella se despedía del rey antes de esa boda en la que estuvo a punto de morir por la locura de un anarquista. Las infidelidades del rey duelen más cuando piensa en el sacrificio mayor que tuvo que hacer por él: renunciar a su religión anglicana y abrazar la católica, la de este cura que ahora la mira horadando su porte rígido, natural en ella – educada al cabo en la corte de la reina Victoria– pero ahora acentuado para ocultar el dolor. Él también ha sufrido la injusticia humana, y sus ojos han adquirido ahora, habitando esa estancia interior soñadora y dolorida, un matiz de comprensión y de consuelo. Son las doce y media de la mañana del 14 de noviembre de 1916, martes, delante de la Puerta del Perdón de la catedral de Toledo, y se está produciendo un milagro cotidiano: dos biografías separadas en su origen, en su carácter y en su destino están por un momento juntas, y en el encuentro hay compasión y voluntad de esperanza.Porque las dos biografías están a medio hacer, a los dos les queda toda una vida por delante, una vida en la que no volverán, nunca, a encontrarse, pero en la que tampoco olvidarán, nunca, esa mirada sostenida que los mantuvo, a ellos tan alejados entre sí, juntos durante un segundo.

Capilla del Palacio Arzobispal, donde tuvieron lugar las oposiciones, en una fotografía anterior a 1904      

La reina Victoria Eugenia de Battenberg
Nota. Este cuento, por serlo, es ficción, pero tiene elementos documentados. El curioso puede consultar las oposiciones mencionadas, en las que en efecto participó nuestro prior, así como la visita de la reina a Toledo el mismo día en que don Francisco intervenía en ellas por primera vez,  en el periódico El castellano de Toledo, accesible en internet:
El castellano
Juan Fernando Valenzuela Magaña

lunes, 14 de julio de 2014

Se es o no se es (Revista de San Juan, 2007)


SE ES O NO SE ES
O EL CANDOR DEL PRIOR
A los que eran niños en Navas
cuando aconteció esta historia,
con asombro y cariño

            Al doblar la esquina de la calle Alamillo, el prior encontró la solución. Podríamos decir que la solución lo encontró a él, porque después de estar toda la noche despierto intentando resolver el enigma, había decidido olvidarlo por un momento y dejar que el aire tempranero lo espabilara. Oyó como en sordina el saludo de un labrador que se cruzó con él y su propia voz al responder parecía emitida por otra persona. Pero el hondo cansancio acentuaba en vez de mermar la felicidad proporcionada por haber dado con la clave de los extraños mensajes. Durante unos segundos revivió una sensación enterrada en el fondo de sus años. Recordó las felicitaciones de sus profesores en Roma a principios de siglo, cuando resolvía con célere destreza algún ejercicio de lógica aristotélica o vencía en alguno de los largos y enrevesados debates escolásticos donde, en latín, se argumentaba sobre problemas tan arduos como el de la conciliación de la libertad humana con la omnisciencia divina.
            Pero el que ahora mismo acababa de resolver, a diferencia de los de su juventud, tenía el apremio de la praxis, la urgencia de la vida. La de una niña estaba en peligro, y su salvación parecía depender de él.
Hacía una semana, al entrar en su despacho atestado de libros después de la misa tempranera, el prior había encontrado una extraña nota sobre el suelo:


    ELLA TE DARÁ DETALLE


La tomó con extrañeza en su mano e intentó sin éxito relacionarla con algún episodio reciente de su vida. Preguntó a los caseros, pero éstos no habían visto a nadie extraño merodeando por la casa, y menos entrando en ella.
Así que el prior empezaba ya a olvidar la nota cuando la tarde de ese mismo día aportó una luz que oscureció aún más las cosas. Una feligresa, zafándose de la oposición del conserje Manolo y de su pequeño Patri, entró llorando en la sala de juego de la Peña, donde el prior desplumaba a la adinerada concurrencia, y se arrodilló llorando ante él. Entrecortadamente acertó a decir:
            — Alguien se ha llevado a mi hija Ana, tiene usted que hacer algo.
            — Cálmate, cálmate —y, en efecto, la honda y misteriosa humanidad que exhalaba esa voz amainó el llanto y relajó la crispación de los músculos de la mujer—. Vamos a ver… ¿has avisado a las autoridades?
            — Sí, ha sido don Mateo el juez quien me ha dicho que lo buscara a usted. Al leer las notas ha dicho: “Quizá el prior pueda aportar algo”. Como es usted una eminencia…
            — ¿Notas?
            — Sí, dos. Pero, según don Mateo, no aclaran nada. Tome, yo no sé leer.
            El prior las miró durante un largo rato y finalmente anotó su contenido:
           

    O DOLOR O LODO
                       

             

   A TI NO, BONITA
                                                                      

                                               
           
Esa misma noche Mateo el juez se presentó nervioso en la casa del prior. Iba acompañado del jefe de la policía local Navarrete y del municipal Zamora.
            — Alguien está jugando con nosotros —dijo el juez sin preámbulos—. ¿Ha hablado Rosario con usted?
            — Sí —contestó el prior. El cóctel de vejez, cansancio y experiencia otorgaba a esa voz la facultad de tranquilizar la situación sobre la que se aplicara—. Rosario me ha enseñado las notas. Es todo muy extraño. Yo mismo he recibido una similar — el prior, como si fuera una carta de la baraja, la puso sobre la ajada mesa, junto al pisapapeles de cristal con la fotografía de la Plaza de San Pedro.
            Después de leerla sin llegar a tocarla, el juez metió su mano en el bolsillo de su chaqueta y, con gesto de soltar un as, puso sobre la del prior otra nota. Éste leyó:


      OIRÁS ORAR A ROSARIO

                                   
            — El señor teniente alcalde don José —intervino con gesto hosco el policía Navarrete— ha puesto el asunto en nuestras manos. Él hará llegar la noticia al alcalde don Mateo que, como usted sabe, se encuentra en Madrid — miró las notas como si mirara un bizarro insecto y añadió—: ¿Qué opina usted, don Francisco? ¿Un loco?
            — Puede que sea un loco —arrugó pensativamente la frente el prior—, pero parece inteligente. Ambas cosas no son incompatibles. Todo esto tiene el aire, como usted dice —y miró al juez—, de un juego. Por ahora, usted, Rosario y yo somos, junto con el secuestrador, los jugadores. Mi papel (ELLA TE DARÁ DETALLE) me remite a Rosario, cuyas notas a su vez parecen decirle lo que le espera a su hija (O DOLOR O LODO) y que este juego no está dirigido principalmente a ella (A TI NO, BONITA). A su vez, usted es avisado (OIRÁS ORAR A ROSARIO). Es todo lo que ahora mismo tenemos.

            Dos días después, la investigación seguía atascada. Era un día radiante de primeros de junio que olía ya a San Juan, a estío y a albercas. El pacto de silencio que hicieron en la Peña los testigos de la aparición de Rosario se había completado con la estrategia del prior y el juez de mantener en secreto lo que ocurría. No había que alarmar al pueblo. Afortunadamente, se había convencido desde un principio a Rosario de que no debía contar nada, y ella fingía que la niña estaba con unos parientes en Santisteban. De este modo sólo unos pocos sabían que, bajo la apariencia de tranquila y sabrosa monotonía que el pueblo mostraba, se agitaba una tragedia que amenazaba con romper el orden intemporal de las Navas.
            Aunque algún ojo atento hubiera podido reparar en signos extraños. Timotea y María Luisa, por ejemplo, registraron esa mañana de junio dos hechos insólitos. El primero fue que, en plena celebración de la misa, Rosario agitaba como una bandera un papel intentando llamar indiscretamente la atención del prior. Éste aligeró el ritual resumiendo unos párrafos y saltándose otros. Pero no fue esto lo segundo que llamó la atención de las dos fieles, sino que, al terminar la misa, Rosario se precipitó en la sacristía, para salir a los cinco minutos, sin que el prior se moviera de ahí dentro durante toda la mañana.
La nueva nota que Rosario había recibido decía:


         ESE BELLO SOL LE BESE
           
Horas después, en efecto, el prior seguía en la sacristía. Esa nueva nota parecía aludir al deseo del secuestrador de liberar a la niña, previo desciframiento del misterio por parte de los jugadores. Pero, ¿cuál era la solución? Mientras Timotea y María Luisa desgranaban el rosario y su murmullo se deshilachaba en la vasta penumbra de la iglesia, el prior trataba de encontrar un código oculto, una clave secreta que permitiera saber el lugar donde estaba escondida la niña Ana o el nombre del desalmado.
La mañana reservaba todavía a Timotea y María Luisa otro insólito acontecimiento que acabó de hacer saltar por los aires la invariable rutina de las cosas. Manolico el sacristán apareció recorriendo apresurado la iglesia, se arrodilló fugazmente ante el sagrario y, la respiración sofocada, abrió la puerta de la sacristía diciendo:
— Don Francisco, alguien ha colgado esto en la puerta —y, como Rosario horas antes, agitó un papel en el aire.


   ¡OJO! CORRE POCO PERRO COJO  

           

A la mañana siguiente apareció en la misma puerta del despacho del juez, cada vez más desesperado (estamos más perdíos que Carracuca, don Francisco, le diría al prior al informarle), la siguiente nota:



   AMIGO, NO GIMA




Pero ahora esos días le parecían al prior tan lejanos como los de la guerra, porque acababa de encontrar, como si hubiera tenido una visión, la clave. Pensó en la caída de San Pablo del caballo, en la inspiración de los profetas y los evangelistas, y dio gracias a Dios. Tal vez había sido Él quien le había entregado la solución, cansado de esperar el resultado de su esfuerzo. ¿Cansado? ¿Cansado, Dios? Además, ¿no es su paciencia infinita?, pensó, y sus labios se arquearon débilmente en una sonrisa. ¡Qué diría de mí el obispo si oyera mis pensamientos!
Anoche había recibido la última nota: AMOR A ROMA, y desde entonces no había parado de buscar la llave para orientarse en un juego tan absurdo como perentorio. Había pasado la noche en claro consultando libros y volúmenes de su Espasa, jugueteando con el pisapapeles romano, y a la hora de ir a misa se había rendido. Es sabido que la mente sigue trabajando en un problema cuando abandonamos la concentración en él. La del prior debió de seguir activa mientras éste descendía la calle Real dejando que el airecillo tempranero de primeros de junio masajeara la piel vencida de su rostro. Las ideas se ordenarían de otro modo, seguirían, liberadas del control de la voluntad, los caminos que el prior no había probado, obcecado por las interpretaciones que iba eligiendo. Tal vez había querido decirle eso el secuestrador con la nota ¡OJO! CORRE POCO PERRO COJO, es decir, libérate de la cojera que suponen las ideas fijas y ábrete a otras interpretaciones de estas notas. AMOR A ROMA tal vez significara acuérdate de tus brillantes argumentaciones y de tu destreza a la hora de resolver problemas.
Sea como fuere, el prior había dado con la clave y ahora sentía una satisfecha y tranquila jovialidad. Su andar, por lo común cansino, se volvió ágil durante unos metros y decidió lo que había que hacer ahora. Dejaría inmediatamente en un lugar a la vista una nota con una frase que indicara al secuestrador que había logrado descubrir el juego, que ya sabía que las notas eran palíndromos, es decir, palabras o frases que se leen igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. También el nombre de la niña, Ana, era un palíndromo, y aquella frase en latín que, sin él convocarla, atravesando en su memoria los largos años que separaban su prometedora juventud de su cascado presente, le había entregado instantes antes la clave como se otorga la llave de una ciudad conquistada: ROMA, TIBI SUBITO MOTIBUS IBIT AMOR.
Así que el prior dejó en la puerta del Ayuntamiento y, para asombro de Timotea y María Luisa, en la de la iglesia, una palindrómica nota que decía:



    SÉ VERLAS AL REVÉS

                       

Y aunque un prudente silencio se echó para siempre sobre esta historia, unos cuantos hombres de este pueblo respiraron cuando, al día siguiente, la palindrómica Ana pudo abrazar a su madre.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

martes, 8 de julio de 2014

Nadie duerma (Stella, 2008)

Relato publicado en la revista Stella del año 2008

NADIE DUERMA

            El prior se quedó perplejo al leer el nombre del remitente. Por un momento revoloteó en su interior una sensación enterrada en su memoria desde hacía medio siglo. Levantó la cabeza y la presencia de Pedro el cartero, que lo miraba con la curiosidad que despierta un matasellos urgente, le trajo de nuevo al presente. Le dio una perra gorda y, tras cerrar la puerta de su despacho, que dejó fuera el gañido de los lechones de la habitación de enfrente, abrió impaciente la carta.
            Santiago seguía teniendo la misma letra elegante y firme con que redactaba en la Universidad Gregoriana sus trabajos escolásticos. Tampoco había perdido su talento narrativo y su gusto por los enigmas. El que le proponía en pocas líneas tenía, eso sí, la tara de ser real:         
    
 Madrid, a 28 de diciembre de 1955

Querido amigo:
                        Ha pasado mucho tiempo desde nuestras correrías romanas, pero nunca he olvidado tu humanidad y tu inteligencia. A ambas apelo para ayudar a mi hermano el comisario de policía, que lleva un tiempo sin poder dormir debido a un complicado caso. Aunque la prensa guarda silencio para no alarmar a la población, recientemente ha habido tres muertes extrañas, si bien naturales, en tres puntos de España alejados entre sí. Paso a contarte brevemente los detalles que considero pueden ser relevantes.
            El primer cuerpo encontrado era el de un hombre introvertido, soltero y aficionado a las matemáticas. El segundo era el cadáver de un hombre con continuos problemas conyugales, de los que huía encerrándose en una habitación donde no paraba de hacer crucigramas. En cuanto al tercer cuerpo, lo había habitado un hombre viudo muy sociable y parlanchín, amante de las conversaciones y los debates, en los que no paraba hasta agotar todos los puntos de vista y a sus interlocutores.
Los tres fallecidos no se conocían entre ellos ni tenían un conocido común, pero dos rasgos los relacionan. Por un lado, los tres descuidaron su alimentación y su aseo y parecían ser presa de una gran preocupación que acabó consumiéndolos. Por otro, y es lo que lleva a mi hermano a pensar que tras todo esto hay una sola mano, cerca de los tres cadáveres hemos encontrado un papel con el mismo dibujo: un prisionero flanqueado por dos guardianes, uno custodiando una puerta con el letrero “libertad” y otro la opuesta con la palabra “muerte”.
Mi hermano cree que estamos ante un ajuste de cuentas. Según él, el dibujo era la señal de que morirían o una forma en clave de pedirles un dinero que no pagaron y que les costó la vida, como si dijera: eres prisionero de nuestra organización, elige la libertad (pagando) o la muerte. Pero a mí esa interpretación no termina de convencerme.
Recuerdo los enigmas que te proponía cuando éramos estudiantes, y tu lúcida rapidez para resolverlos. Ahora estamos ante un enigma real, tres personas han muerto y puede que no sean las únicas. Tendrás que hallar la respuesta, amigo.
El tuyo
Santiago Jiménez Arnedo

El prior esbozó una preocupada y nostálgica sonrisa, guardó la carta y salió. Era una tarde fría de enero y la actividad palpitante de la gente que volvía de la aceituna llenaba las calles. Pero don Francisco estaba en otro lugar y otro tiempo, en una tarde romana de principios de siglo, paseando por la Via della Conciliazione junto a su amigo Santiago. Sintió el misterio y el vértigo del tiempo, y recordó las conocidas palabras de San Agustín: cuando nadie me pregunta qué es el tiempo, sé lo que es, pero si me lo preguntan, entonces no lo sé.

Sin saber cómo, el prior había llegado a la iglesia. Un monaguillo con ojos vivos e inteligentes, se le acercó a darle un recado de Manolico el sacristán. El prior le dijo sin venir a cuento:
—¿Qué ser, con sólo una voz, tiene a veces dos pies, a veces tres, a veces cuatro y es más débil cuantos más pies tiene?
El niño, sin sorprenderse, esforzó reflexivemente la mirada y, con una mezcla de alegría y orgullo, respondió:
— El hombre, porque cuando es niño anda a gatas y cuando es anciano se ayuda con un bastón.
— Muy bien —revolvió el pelo del niño—. Ese era el enigma que la Esfinge proponía cerca de Tebas. Y quien no conseguía responder era estrangulado y devorado.

Es sabido que la mente sigue trabajando a nuestras espaldas cuando algo nos preocupa. Ello explica que, mientras impartía la comunión, le pareciera que el armonium de don Ramón Palomares había evocado por un momento el Nessun dorma de la ópera Turandot, de Puccini. Mientras Timotea esperaba la Sagrada Hostia con concentrada devoción, el prior detuvo a medio camino su mano y pensó en la enorme coincidencia entre el caso que la carta de su amigo le acababa de plantear y las palabras del libreto de Turandot: Gli enigmi sono tre, la morte è una!  Los enigmas son tres, la muerte una. Mejor a la inversa, se dijo: el enigma es uno y las muertes tres. Timotea tosió levemente y la mano de don Francisco terminó su recorrido.

Cuando acabó la misa, don Francisco se sentó en el sillón de madera de la sacristía, llamó al monaguillo a su lado y le dijo:
— Hay otra historia similar a la de la Esfinge, y se encuentra en una ópera de Puccini llamada Turandot. Turandot es una princesa china que propone a sus pretendientes tres enigmas. Si no los resuelven, son ejecutados. El trabajo nunca falta donde reina Turandot, dicen los ayudantes del verdugo. ¿A ti te gustan los enigmas?
— Sí, mucho.
— ¿Y sabes cuál es la diferencia entre un enigma y un problema?
En algún sitio el niño había leído la respuesta, aunque no la había entendido:
— El problema tiene visos de ser soluble. El enigma, no.
— ¡Toma ya! ¿Tú entiendes lo que quiere decir eso?
— Pues la verdad, no.
— Quiere decir que mientras un problema parece tener solución, un enigma nos aparece como algo que no la tiene.
— Sin embargo —observó acertadamente el niño—, el enigma que usted me ha planteado, el de la Esfinge, la tenía.
— Así es. Por eso yo no estoy de acuerdo con esa diferencia entre un problema y un enigma. Yo tengo otra.
— ¿Cuál?
— Yo creo que la diferencia estriba en el compromiso. Un problema no nos compromete, en él no estamos comprometidos, no afecta al núcleo de nuestra vida. Es algo periférico. Sin embargo, en un enigma nos va la vida. Eso es lo que quiere decir el mito de la Esfinge. Si no acierta el enigma, el viajero tebano muere. Por eso la solución al enigma es él mismo, el hombre. Si el hombre se encuentra, vive. Si no, muere.
El prior hizo una pausa. De la calle Santa Rita llegaban las voces sin tiempo de una tarde de invierno cualquiera de mediados de siglo. El prior continuó:
— Por eso también en Turandot mueren los pretendientes que no son capaces de resolver los enigmas. Los problemas nos aparecen en tierra firme —y escenificó con sus dedos sobre la vieja mesa las dos patas de un muñeco—, los enigmas en el precipicio — y arrastró sus dedos al borde de la mesa—. Claro que hay enigmas que no tienen solución: sólo cabe iluminarlos, darles sentido. En eso consiste el misterio. Anda, apañao, tráeme papel, pluma y tintero.
El prior se olvidó del monaguillo, y éste pudo ver con disimulo por encima de sus hombros cómo escribía lo siguiente:


Navas de San Juan, a 12 de enero de 1955

            Sostengo, querido amigo Santiago, que los tres hombres de tu caso fueron asesinados. Del mismo modo, sostengo que nadie los mató. Los mató algo. Los mató un enigma.
Recordarás la figura mitológica de la Esfinge y la princesa de ópera Turandot. Pese a las apariencias, en realidad no son Turandot ni la Esfinge quienes matan. Mata el enigma. Es él el que ahoga cuando uno se compromete en él, cuando uno se lo toma como algo en lo que nos va la vida, en lo que nos la jugamos. No estrangula la Esfinge, estrangula el enigma. Ese es el sentido de todas las historias donde alguien propone uno.
Te estarás preguntando (me estarás preguntando) quién es, en ese caso, el cómplice del enigma, quién la Esfinge, que tiene cabeza de mujer, o la Turandot. Y ya tenemos ahí un camino: cherchez la femme. Porque se trata de una mujer. De la misma mujer.
Así que tenemos qué los mató y quién intervino. Veamos ahora el cómo. Para ello hemos de tener en cuenta los elementos comunes que tenían las víctimas. Los tres (un soltero, un casado con problemas conyugales y un viudo) parecían carentes de amor, y abiertos por tanto a su llegada. Por otra parte, los tres gustaban de darle vueltas a los asuntos (matemáticas, crucigramas, debates). Aparece una mujer hermosa en la vida de estos hombres tan receptivos y les propone un difícil problema. La trampa está magistralmente tejida: el amor y la vanidad los hacen caer en ella. No pueden dejar de pensar, sienten que la conquista de esa mujer, que su futuro, que su vida, se resumen en esa adivinanza. El problema deviene enigma. Recuerda que a tu hermano le impide dormir este caso: exagera esa preocupación y tendrás la muerte.
Ahora debería exponerte el porqué, pero aquí sólo cuento con conjeturas. Quizá lo haga por castigo, como la Esfinge, o quizá por venganza, como Turandot. O tal vez por puro juego.
¿Qué hacer? Cuando Edipo adivinó el enigma de la Esfinge, ésta se tiró al vacío. Cuando Calaf solucionó los tres enigmas de Turandot, conquistó su amor. Así pues, la solución es la solución, si me permites el juego de palabras. Con ella os podréis enfrentar a esa mujer, y morirá o caerá enamorada.
Pero casi me despedía, amigo Santiago, sin plantear el enigma que ha matado a esos tres hombres. Se trata del enigma del prisionero. Verás. Un rey, para celebrar su cumpleaños, concede a un preso la posibilidad de ser libre. Su celda está custodiada por dos guardianes, uno que siempre dice la verdad y otro que siempre miente. Cada uno custodia una puerta, una lleva a la muerte y otra a la deseada libertad. El prisionero no sabe ni qué guardián es el sincero o el mentiroso ni en qué puerta se halla cada uno de ellos ni, por supuesto, qué puerta debe escoger. Se le concede poder hacer una pregunta, una sólo, a uno de los guardianes. Eso debe bastarle para salir por la puerta que desea, la de la libertad.
Como ves, recuerdo con claridad el planteamiento. Por desgracia, en algún momento de mi vida olvidé la solución. Me pondré a ello, pero como el asunto es urgente porque la mujer puede volver a matar, te envío mis conclusiones por si vosotros dais con la respuesta antes que yo. Hasta entonces, y como se canta en Turandot, Nessun dorma!, ¡nadie duerma!

Un fuerte y amistoso abrazo 
  Francisco del Moral Almagro   

En efecto, esa noche el monaguillo apenas durmió. Una parte de ella la pasó resolviendo el enigma. Otra, dudando sobre si debía decírselo o no al prior, pues por un lado estaba mal leer las cartas ajenas sin permiso, pero por otro podían estar en juego vidas humanas. Resolvió darle la solución antes de la misa de ocho. La última parte, sin embargo, la pasó soñando que no se presentaba a esa misa, que se iba del pueblo en busca de esa misteriosa mujer y que le espetaba la respuesta, esperando a ver si se moría o se enamoraba perdidamente de él.

Juan Fernando Valenzuela Magaña