viernes, 20 de septiembre de 2013

Blanco roto. Las primeras veces

                                                  BLANCO ROTO
           
                   LAS PRIMERAS VECES        

     Del mismo modo que terminamos por no percibir un olor instantes después de estar en relación con su fuente, tras un tiempo viviendo una novedad, esta deja de serlo y nos parece que lleva toda la vida con nosotros. Este fenómeno tiene dos aspectos: el positivo es que sirve a nuestra capacidad de adaptación, que a la vez permite al hombre seguir buscando otras novedades; el negativo es que vuelve rutinario lo que nos rodea, de modo que terminamos por dejar de percibirlo. El mundo se vuelve pétreo con demasiada facilidad, y es necesario el zarandeo de un acontecimiento imprevisto y rotundo (el amor, la muerte) para que se licúe y volvamos a sentir el misterio de la existencia. De ahí que el novelista Milan Kundera insista en la conveniencia de prestar oído a la aparición de ciertos fenómenos humanos que hoy nos resultan normales. Pensemos qué sintieron los primeros habitantes de ciudades como París o Londres en el momento en que empezaron a ser el lugar de la multitud, en el siglo XIX. O los hombres que veían sus rostros fielmente reproducidos en un daguerrotipo o escuchaban sus voces en el fonógrafo de Edison. O quienes comprendieron que los ruidos de motos y coches constituirían la banda sonora de nuestras calles. Iba a decir que a los lectores que vivieron una infancia sin televisión, o a los que vivimos una infancia y una adolescencia sin internet, nada nos cuesta imaginarlo, pero lo cierto es lo contrario: pese a haber tenido la experiencia del cambio del mundo, nuestra capacidad de absorber la novedad es tal que tenemos la sensación de que esas cosas (la televisión, internet) siempre han estado con nosotros. También a dar clase nos hemos acostumbrado los profesores, pero septiembre es el mes del recomienzo en el que nos es dado volver a la fuente y vivir por primera vez lo que ya hemos vivido muchas veces.

             JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

 Aparecido en Diario Jaén el martes 17 de septiembre de 2013

lunes, 2 de septiembre de 2013

El barco de Teseo

Este es un cuento perteneciente al libro, disponible en versión impresa y digital, Nuevos casos de Lupión. Para su aplicación en clases de filosofía, añado su apéndice correspondiente, disponible sólo en la versión digital.

                                         EL BARCO DE TESEO


Tengo la impresión de que la diversidad ha menguado en el último siglo. Generalizaciones como ésta son difíciles de comprobar, aun utilizando los recursos de la Sociología que, si científicos, no por eso nos acercan más a la verdad. Insisto, pues, en que se trata de una impresión. En su favor alego el hecho de que, pese a que uno conoce a lo largo de su vida más personas que en el pasado, la sensación de repetición es mayor. Pocas son las veces en que alguien nos sorprende con una vida orientada por ideas diferentes. Y creo que antes era más fácil encontrar ese tipo de personas, como puede verse si atendemos a los restos del ayer que todavía se conservan en los pueblos. Una penetra en la vida de un pueblo y se da cuenta de que cada vecino tiene su peculiaridad, de que no hay dos iguales. Pero, aunque he visitado durante muchos veranos a mis abuelos, yo soy de ciudad, y estoy cansada de esta uniformidad que más destaca cuanto más se habla del respeto a la diferencia. ¿A qué diferencia?

“Todos sois diferentes”, gritaba el protagonista de una película a la masa. La turba respondía “Sí, sí, todos somos diferentes”, pero uno se desmarcaba diciendo: “Yo no”. Esta paradoja es todo lo contrario de una explicación científica pero, como puede verse si a estas alturas se conserva la vista, acerca más a la verdad que un puñado de estadísticas.

Lo primero que me llamó la atención de Lupión fue precisamente eso, que era diferente sin pretenderlo (pretenderlo es algo que uniformiza hoy). Su distinción, en los dos sentidos de la palabra, tenía la espontaneidad de una segunda naturaleza, y había llegado a ese momento de la vida en que uno, más que arriesgar en la exploración, extrae con morosa delectación el jugo de lo que se tiene. A cambio de algo menos de aventura y algo más de escepticismo, el hombre por fin descansa y se reconcilia consigo mismo, y los placeres, aunque menores, son seguros y plenos. En el pasado quedan ambiciones y errores, vuelos de Ícaro y dolor. Ya es difícil equivocarse, el canto de sirenas es sólo un nostálgico recuerdo, y se está seguro porque hemos conquistado nuestro lugar en el mundo. Claro que hay ilusiones, y esperanzas, e incluso — la vida está hecha así— una puerta abierta a la sorpresa. Fue la puerta por donde intenté colarme.

Quiero hablar de Lupión y no de mí, pero no se podrá entender a Lupión si no se tiene en cuenta que yo soy la valentía encarnada. Me despojaré de modestias y aclararé que lejos de ser la valentía temeridad o locura, nace de ella la prudencia. No es prudente el miedoso, que se pierde en la huida de fantasmas imaginarios. Yo identifico la valentía con la vida.

Soy transparente para mí, en la medida en que eso es posible. Dicho de otro modo, casi carezco de inconsciente. Mis inconfesables deseos, mis anhelos más recónditos, hasta el puñado de temores que — homo sum —  pretenden esconderse, acuden obedientes a la llamada de mi consciencia. Si por azar algún joven lee esto y piensa que la transparencia ya no es mérito ni gracia, pues todos los jóvenes carecen del inconsciente que tanto costó a Freud defender, le diré que, en efecto, una transparencia así, ni mérito ni gracia tiene, del mismo modo que no los tiene la transparencia de la nada. La transparencia gana cuanto más transparenta.

Como mujer, estoy muy cerca de mi cuerpo, y fue éste quien primero me advirtió de que Lupión me gustaba mucho. No al instante, sino después de saludarnos presentados por Andrés, quien tantas veces y con tanto provecho lo había consultado y con el que yo había viajado en tren hasta allí.

Lupión tenía la figura delgada y atlética de quien ha resistido mejor que sus coetáneos el paso del tiempo. Aunque éste había mordido la elasticidad de su carne, podía decirse que se mantenía en forma. Sus ojos tenían un brillo profundo y eran una promesa de excepcionalidad. Ese día vestía informal y cómodamente.

Andrés se apartó tras presentarnos y nos miró con curiosidad. Mi amigo siempre había deseado, sin éxito, saber cualquier cosa de la vida sentimental de Lupión, y, también sin fruto, no saber tanto de la mía. Ahora miraba cómo nos mirábamos los dos por primera vez e intentaba adivinar qué podía salir de ahí. A mí me conocía lo suficiente y no dudé de que advirtió lo que me estaba ocurriendo en ese preciso momento, pero Lupión debió de parecerle tan impenetrable como siempre… y como a mí.

— Andrés me dijo que trabaja usted para una casa de subastas —rompió Lupión el silencioso hielo.

— Así es. Precisamente lo que nos trae aquí es una subasta que celebramos la semana pasada.

— Espero que no sea eso sólo lo que os trae aquí. No sólo, aunque también, claro —y Lupión y Andrés se miraron con complicidad. Yo interpreté que su mirada aludía a su vieja amistad y a las veces que el segundo visitaba al primero con algún caso entre manos—. Ahora hablaremos de esa subasta. Pero antes permitidme que os obsequie con algo.

Mi amigo me dijo con una mirada traviesa te lo dije, todo un caballero, y ayudó a Lupión a preparar la mesa.

El día quería ser frío pero al sol se estaba bien, así que nos sentamos fuera. Lupión nos había preparado lo que llamó unos aperitivos contradictorios, como caramelos de morcilla o bombones con sal, lo que acompañó con unas copas de oloroso.

Miraba sus movimientos, que tenían la calma nerviosa de una persona activa y serena, aunque yo fantaseaba pensando que esa ligera excitación la estaba causando yo. Miré a Andrés intentando ver alguna esperanza a mi fantasía, pero mi amigo había cazado un bombón antilógico y lo saboreaba ausente.

Al cabo de un rato, Lupión me preguntó con su voz poderosa por la subasta.

— Subastábamos — le respondí — un mueble francés del siglo XVIII, de la época de Luis XV.

— ¿Qué mueble? —me preguntó con el interés de un experto o, al menos, de un aficionado.

— Una cómoda.

Lupión casi dejó escapar un gesto de decepción, que yo adiviné, por lo que le pregunté con sorna, ya tuteándolo:

— ¿Qué mueble hubieras deseado que subastáramos?

— Me esperaba, qué se yo, un bonheur-du-jour, o una de esas escribanías femeninas repletas de gavetas y escondrijos para escribir y esconder cartas secretas y notas.

— Vaya — lo halagué— , veo que también entiendes de muebles. Cuando subastemos algo así te avisaré.

— No creo que pueda comprarlo, pero me encantará asistir. Me gustan esos muebles tan dieciochescos, tan franceses, tan femeninos, tan curvos, tan hogareños, donde late todavía el secreto y la epístola.

Iba a decirle airada ¿quieres decir que somos unas retorcidas chismosas?, pero me contuve.

— No debes enfadarte, por favor —adivinó ahora él—. Lo femenino era eso entonces, y no deja de tener su encanto. Lo masculino, concederé, me parece que era en comparación menos inteligente.

— El caso — dije a medias conforme— es que subastábamos una cómoda de Charles Cressent. Como aficionado al mueble conocerás a este ebanista con grandes dotes de escultor — asintió con modestia Lupión, y continué: — Se trata de una cómoda de formas curvas que supusieron una innovación en esa época, con el motivo de un mono con faldita y un gorro, balanceándose sobre una cuerda sostenida por dos niños.

— Sí, el mono fue un motivo que hizo fortuna.

— En efecto. Hay siete cómodas como esa, una de ellas en el Louvre y otra en el Metropolitan Museum de Nueva York. Sólo una permanecía en manos privadas, y el propietario ha decidido venderla. Como puedes suponer, el precio de partida era muy elevado, debido a la antigüedad y a la importancia del ebanista, así como al estupendo estado de conservación.  Hubo dos o tres pujas, y entonces intervino un señor.

Lupión sirvió un poco más de oloroso y me miró con sus profundos ojos:

— Intervino —repetí— un señor con acento francés, diciendo que ese escritorio era en cierto modo más falso que los cuadros de Van Meegeren.

— El falsificador de cuadros de Vermeer…

— Sí, en el mundillo de las subastas lo recordamos a diario. El francés nos acusaba de subastar una pieza falsificada, o eso fue lo que pensamos. Luego, sin embargo, aclaró: no digo que actúen ustedes de mala fe, ni tampoco que la cómoda haya sido falsificada, bien copiando una original o bien inventando según los principios de aquellas fechasDigo que no hay nada en esa cómoda que existiera en el siglo XVIII.  Se le preguntó que cómo estaba tan seguro. Porque esa cómoda, esa misma cómoda, sólo que la auténtica, la tengo yo.

Los ojos de Lupión brillaron con más fuerza. Andrés miraba su expresión y sonreía satisfecho, como si le hubiera arrojado el mejor de los huesos al perro favorito.

— Como puedes suponer,  nos quedamos todos patidifusos. Delante del discreto y educado murmullo general, le mostramos los informes de los expertos, sacamos los tres catálogos de venta de muebles de Cressent, el de 1749, el de 1757 y el de 1765, las compraventas hechas hasta llegar a su actual propietario, exhibimos el certificado de garantía, y él no abandonó su mueca de suficiencia. Finalmente dijo: No se trata de un problema de expertos en arte, sino de un problema de expertos en identidad. ¿Qué es una cosa?, esa y no otra es la cuestión. Miren ustedes, me dejaré de rodeos. Un día de 1749 el ebanista Cressent vende a M. de Selle una cómoda de bronces riquísimos y ejecución maravillosa. Pero, como ustedes documentan, la colección de M. de Selle es vendida en 1761 y la cómoda cambia de dueño. El tiempo pasa y la Revolución Francesa llega. La cómoda es maltratada y pierde una pata, que no le es sustituida hasta la época del Imperio, en que un restaurador le pone una nueva. Y hete aquí el mueble luciendo otra vez en el comedor de la familia Veniat. Pero ¿qué fue de esa pata perdida, de la pata que originalmente tuvo el escritorio? Un antepasado mío, amigo de los Veniat y testigo de los angustiosos acontecimientos revolucionarios, la había guardado como recuerdo. Corre el siglo XIX y en una mudanza se desprende el bronce dorado con forma de león que remata una de las patas. Mi ascendiente, al que le gustaba rebuscar en anticuarios, acabó encontrándolo, con indignos abollones. Se lo ofreció a la familia, quien le dijo que ya había sido sustituido y que podía hacer con él lo que gustara. Se lo quedó. Dos percances más sufrió el mueble en vida de mi antepasado, de los que no da detalles en su diario, pero que obligan al cambio de los dos cajones. Lo que había empezado de casualidad empezó a tomar la forma de un juego, y al final de su vida mi ascendiente había conseguido hacerse tanto con ellos como con el mono, que se había desprendido y que, aislado, lucía en un puesto del Marché aux Puces en las Puertas de París. El juego se convirtió en obsesión para su hijo, quien siguió la pista a la cómoda y registró tanto el deterioro y cambio de las hojas de acanto o de las patas originales como su apropiación con el consentimiento de la familia. Creo que ya habrán adivinado lo principal del resto. El hijo de ese hombre fue el abuelo de mi abuelo, y todos hasta llegar a mí hemos recibido como la herencia más preciada las partes que la familia propietaria iba desechando de la cómoda de Cressent y el deber de hacernos con los nuevos viejos ornamentos o trozos que fueran sustituidos para mejorar la presencia del mueble. He de reconocer que en alguna ocasión la impaciencia llegó, no a rozar la ilegalidad, pero sí a forzar la situación, como cuando mi hermana mayor regaló a mi padre un niño mofletudo y alado correspondiente a la parte de atrás y que había cambiado a una niña de la familia por una muñeca de porcelana. Recuerdo la reprimenda de mi progenitor, la defensa de la niña (estaba viejo y cayéndose, de verdad que estaba viejo y cayéndose) y la cara de felicidad con que lo contempló en cuanto se creyó a solas. Ustedes recordarán que para subastar el mueble cambiaron una broncínea pata de león bastante dañada. Era la última pieza original y yo les ofrecí unos euros por ella. Una vez colocada en su lugar, conseguí el puzzle completo y una cómoda exactamente igual a la que ustedes tienen ahí encima, sólo que mucho más vieja, mucho más ajada y, sobre todo, mucho más… auténtica.

Lupión respiró hondo, cogió un canapé con espinaca azul y dijo con una amplia sonrisa:

— El barco de Teseo.

Hubo un silencio de interrogación, y Lupión prosiguió:

— Cambia la cómoda por un barco y tendrás la historia griega original, la historia del barco de Teseo. Ese francés tiene razón: no es un problema de expertos en arte, sino de expertos en identidad. La cómoda que él tiene está hecha con las piezas originales, aunque a la que tenéis vosotros no se le puede negar su reclamación de autenticidad.

Andrés se levantó para estirar las piernas y juguetear con los perrillos de Lupión, quien me preguntó:

— ¿Por qué interferir en la subasta? ¿Por qué no quedarse con su cómoda auténtica?

— Supongo que quiere, mediante este golpe de efecto, reclamar la posesión de la auténtica obra. En el mundillo de los coleccionistas de antigüedades, como en todos los mundillos, la gente se conoce. Si quería entrar en él o dejar claro que posee un mueble de Cressent, tal vez para venderlo a un elevadísimo precio, este era un buen momento. Sólo podía autentificar su cómoda demostrando que la nuestra no era la auténtica, porque… porque las dos cómodas no pueden ser auténticas… ¿O sí?

Lupión me miró de un modo distinto, o así me pareció, y Andrés volvió a sentarse. Yo noté cómo me recorría una apasionada curiosidad por ese hombre solitario.

— No es un problema fácil — reflexionó Lupión—. El argumento a su favor está claro: las piezas son las originales. El vuestro es el siguiente: si una cosa se explica, y en esto me apoyo en Aristóteles, por su materia, su forma, su constructor y su finalidad, la cómoda del francés cuenta claramente con la materia original, pero la forma y la finalidad, y tal vez el constructor, los posee vuestra cómoda, puesto que ha sido fiel a lo que inicialmente era, manteniendo la misma esencia (lo que he llamado forma), y ha servido al objetivo primero durante más de dos siglos (la finalidad). En cuanto a Cressent, el ebanista, creo que diría que vuestra cómoda es la que él hizo, pues, al fin y al cabo, la del heredero francés la ha hecho —rehecho— él mismo, o más bien, él y sus ascendientes. Así pues, ganáis tres a uno.

¿Cómo podría vivir solo ese hombre? ¿Pero realmente vivía solo? Andrés parecía decirme: te lo advertí, siempre tiene una buena respuesta. Y seguir diciéndome: te lo advertí, te vas a sentir atraída por él.

— Imagino —dije— que será un juez quien finalmente decida, pero dado lo rocambolesco del asunto no es raro que atienda este tipo de razones en manos de un buen abogado.

— Puede vuestro abogado añadir también lo siguiente: todas las piezas que componen vuestro mueble han estado en contacto con al menos alguna original.

—  Excepto la última, claro.

—  En efecto, pero ella entra en contacto con las que han estado en contacto con alguna original. Y, retomando lo anterior, todas ellas formaban parte de un conjunto heredero de la intención inicial del ebanista. Pese a los recambios y las restauraciones, el mueble seguía siendo considerado y funcionando como la cómoda que Cressent vendió a M. de Selles. Seguía, digámoslo así, siendo portador de la memoria del objeto, lo que no ocurría con las piezas desechadas. Porque tu cuerpo sea otro al de tu infancia no eres otra persona. Mantienes la misma identidad pese a los cambios. Es más, gracias a los cambios, porque la identidad humana consiste en cambiar. 

— La humana, tú lo has dicho.

— La humana consiste en cambiar en función de lo que le pasa y de lo que decide. Pero también sirve lo dicho para tu cómoda, si bien sus cambios provienen todos del exterior, de los avatares del tiempo. Lo que sostengo es que la identidad está en la memoria, y tu mueble es, de los dos, el que la tiene, al que le han ocurrido esas cosas. El del francés está compuesto de piezas con memorias particulares, que tienen en común el momento en que estuvieron juntas, pero que luego siguieron caminos separados. La memoria del mueble qua mueble, sólo la tiene vuestra cómoda.

— ¿Y qué pasa con los amnésicos? —preguntó Andrés maliciosamente.

— Perder la memoria — se dirigió a él Lupión—  no significa perder la identidad, sino que uno mismo no puede acceder a ella. Pero pueden los demás, lo que quiere decir que la tienes. En ese sentido, y sólo en ese, es como la cómoda de la casa de subastas, que no puede saber quién es pero que no por ello deja de serlo.

Cavilamos en silencio los tres durante un buen rato, y entonces Lupión se levantó y nos dijo:

— Y ahora a comer.

Andrés pasó al cuarto de baño y, antes de abandonar la mesa para preparar la comida, Lupión me dijo:

— Es todo lo puedo decirte…

Pero no había cerrado la entonación, y mirándome a los ojos, después de un silencio y antes de entrarse, lo hizo diciendo:

— …en cuanto a la subasta de la cómoda.

Un mundo pareció entreabrirse.


APÉNDICE PEDAGÓGICO
El barco de Teseo (o La identidad: Psicología o Antropología)

1. Al comienzo del cuento se nombra una ciencia.
a) ¿Cuál?
b)  ¿Qué estudia?
c) En una clasificación de las ciencias usando el criterio de su relación con la experiencia y del tipo de objetos que estudian, ¿dónde colocarías a esta ciencia?
d) Nombra tres autores destacados en esta ciencia.

2. En el principio del cuento hay dos referencias mitológicas: a Ícaro y las sirenas. Busca información sobre uno y otras.

3. Cerca de ese lugar se habla de Freud.
a) ¿Quién fue?
b) ¿A qué se refiere el texto con la expresión el inconsciente?

4. Cuenta quién fue Teseo.

5. Y ahora cuenta la paradoja del barco de Teseo.

6. En la intervención de Lupión que comienza "No es un problema fácil", aparece nombrado un filósofo griego.
a) ¿De quién se trata?
b) ¿Qué relación tiene con Platón?
c) Explica la teoría de las cuatro causas que aparece en el texto.
d) ¿Qué otro nombre, según las palabras del propio texto, podemos dar a la forma?

6. ¿Con qué se relaciona, al final del cuento, la identidad?


ALGUNOS AUTORES Y TEMAS TRATADOS A LO LARGO DEL LIBRO NUEVOS CUENTOS DE LUPIÓN
Autores: Sócrates, Platón, Aristóteles, Freud, Türing, Heidegger.
Temas: Teoría de la reminiscencia platónica, concepto de inteligencia, distinción y relación entre lo físico y lo psíquico, ejercicio de lógica, concepto de símbolo, concepto de comunicación, diferencia entre la comunicación humana y animal, tipos de realidad, teoría platónica de la realidad, concepto de Sociología, clasificación de las ciencias, teoría de Freud, teoría de las cuatro causas aristotélica, concepto de esencia, cuestión de la identidad, cuestión de la memoria.