viernes, 20 de diciembre de 2013

Blanco roto. La ciencia: el fracaso de un éxito (I)

BLANCO ROTO
LA CIENCIA: EL FRACASO DE UN ÉXITO (I)

       Un filósofo alemán (valga la redundancia) se preguntaba en los años treinta del siglo pasado si las ciencias estaban en crisis. Sólo hay que pensar en la física de aquel tiempo y nombrar a Einstein, Bohr o Heisenberg para darse cuenta de lo peregrino de la pregunta de Husserl, que así se llamaba el filósofo. Sin embargo, la extraña pregunta era pertinente. En el Renacimiento, el hombre europeo renunció a su modo anterior de existencia y se propuso nuevas metas: una teoría libre del mito y la tradición, una acción autónoma y un cambio político. Las ciencias eran parte esencial de ese proyecto, unas ciencias no independientes, sino que formaban parte de una gran ciencia o filosofía que las incluía a todas y que trataba tanto problemas de hecho o temporales como problemas de razón o eternos. Husserl respondía afirmativamente a su pregunta, y consideraba que la crisis de las ciencias era consecuencia del abandono de ese ideal de una ciencia omniabarcadora y de la renuncia de las ciencias a formar parte de ese proyecto racional común que encarnaría luego la Ilustración. Las ciencias acabaron dedicándose a problemas concretos y desentendiéndose de cualquier “pregunta última”. Eso les proporcionó un éxito sorprendente, y, a partir de la segunda mitad del XIX, la prosperity embaucó a las gentes. El problema era que, puesto que las ciencias estaban en el núcleo de lo que era el hombre europeo desde el Renacimiento, la crisis de aquellas era también la crisis de la humanidad europea. Como el año 2014 hará un siglo de la Primera Guerra Mundial, conviene tener esto en cuenta. Pero antes de tratar de ella, nos preguntaremos si hoy podemos hablar de crisis en las ciencias.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Artículo aparecido en Diario Jaén el día 10 de enero de 2014

lunes, 9 de diciembre de 2013

Blanco roto. La educación

BLANCO ROTO
LA EDUCACIÓN

            La insistencia por parte del gobierno en que la nueva ley de educación permitirá una mayor competitividad en el mercado y una mejor inserción laboral de los titulados (en la “Exposición de motivos” se habla de “capacidad de competir con éxito en el ámbito del panorama internacional”, de “puestos de trabajo de alta cualificación” y de “crecimiento económico”) supone el manifiesto olvido de que la educación es un fin en sí mismo y, por tanto, una desvirtuación de la misma. Preguntarse para qué sirve la educación es tan absurdo como preguntarse para qué sirve el amor o la felicidad. Si algún responsable hubiera pensado sobre ella, habría venido a caer de bruces inexorablemente en el texto platónico del mito de la caverna, uno de esos textos fundacionales de nuestra cultura occidental de los que no deja de manar agua por mucho que los siglos hayan bebido de él. En ese lugar se propone la educación como un cambio radical e integral de la persona, que es otra después de haber sido educada. No es que el educado haya aprendido algunas cosas, sino que se ha transformado en otro. Su vida ya no es la misma ni podrá serlo nunca. Cómo conseguir eso en una sociedad como la nuestra, tan distinta no ya a la de la Grecia del siglo IV a.C., sino a la de nuestros padres, sería un buen y complejo territorio de discusión política y ciudadana que me temo seguirá desierto por mucho tiempo. Pero, se objetará, ¿no se dice también en la “Exposición de motivos” que “El aprendizaje en la escuela debe ir dirigido a formar personas autónomas, críticas, con pensamiento propio”? En efecto, y por ello la Historia de la Filosofía, donde anualmente se explica el mencionado texto platónico, deja de ser obligatoria en 2º de Bachillerato.

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Artículo publicado el viernes 6 de diciembre de 2013 en Diario Jaén

viernes, 15 de noviembre de 2013

Blanco roto. Lujos

                          BLANCO ROTO
                 LUJOS
Más allá de la alimentación y el cobijo, todo es un lujo… siempre que reduzcamos la vida a la supervivencia. La libertad, la justicia, los deportes, la televisión, son lujos que los hombres nos hemos dado. Ahora bien, hay dos tipos de ellos. En uno entrarían aquellos lujos irrenunciables, a los que se refería Aristóteles al decir que el hombre lo es plenamente en una comunidad, ya resueltos los problemas de supervivencia. En el otro estarían aquellos lujos prescindibles por superfluos. La sociedad se mira como en un espejo al decidir a qué tipo pertenece un lujo concreto, especialmente en períodos de crisis. Así, podemos preguntarnos qué es valioso para nuestra sociedad mirando aquello a lo que no está dispuesto a renunciar. ¿Mantenemos o abandonamos, y en qué grado, sanidad, educación, asesorías políticas? Se podría objetar que esas decisiones no las toma la sociedad, sino los políticos, pero ¿no somos todos políticos, incluidos los indiferentes? Creer que uno no interviene en las decisiones es el primer paso para no intervenir en las decisiones. Pensemos en la educación, incluyendo la ciencia y la investigación. ¿Hay una diferencia real entre los gobernantes y los gobernados? Los primeros, a diferencia de sus homólogos en Alemania o Francia, prefieren Eurovegas a invertir en investigación, pero no observo que los segundos alienten a sus hijos para que sean científicos con la misma pasión con que lo hacen para que sean futbolistas. En cuanto a la educación propiamente dicha, reina en ella desde hace muchos años una desorientación fruto de dos hechos: la falta de un sincero interés por parte de los partidos políticos que han tomado decisiones al respecto y el triunfo de una corriente de la pedagogía científicamente desquiciada, como lo prueba la seriedad con la que truecan recreo por segmento de ocio. ¿Y la responsabilidad de los profesores? Existe la leyenda urbana de que en una ocasión, antes de aprobar una norma educativa, uno de ellos fue consultado sobre su trabajo.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Aparecido en Diario Jaén hoy, viernes, 
         15 de noviembre de 2013

miércoles, 23 de octubre de 2013

Blanco roto. La inmortalidad

BLANCO ROTO

           LA INMORTALIDAD

Las formas de imaginar la muerte nos permiten entender la vida de los pueblos. Los griegos representados en Homero pensaron que la inmortalidad consistía en una fantasmagórica existencia en el Hades, en el arrastrarse de una sombra sin aspiraciones ni voluntad. Para los largos siglos cristianos la inmortalidad estaba vinculada a la salvación. Lo importante era salvarse, es decir, ser inmortal al lado de Dios. Hoy, en un mundo desacralizado y desencantado, ¿qué es la inmortalidad? La respuesta la da la empresa Digital Legacy, que ha diseñado un método para ser inmortales, tal y como hoy puede concebirse ese concepto. Consiste en poner en la lápida del finado una placa con un código, que puede ser leído con un smartphone, accediendo así a un apartado dedicado al difunto en una página web. Pueden de este modo verse fotos del muerto, escuchar su música favorita o saber las dedicatorias póstumas que le hicieron. La inmortalidad hoy consiste en un hueco en la memoria informática del mundo, un rincón en el lugar en el que todo está almacenado, un pequeño espacio en la red que cualquier interesado puede visitar. Escribía Unamuno que cuando, con el tiempo, un lector vibrara leyéndolo, sería él quien vibraría en dicho lector. Unamuno pensaba que el buen lector podría despertarlo, porque su alma habitaba sus libros. Pero el alma es hoy también una idea obsoleta. Su descendiente, la mente, entendida como una emanación del cerebro, es la depositaria de la identidad y la destinada, por tanto, a perpetuarse, ahora mismo sólo mediante una selección de sus mejores momentos: fotos, vídeos, música y recuerdos. Ahora mismo, porque Stephen Hawking ha declarado recientemente que es teóricamente posible copiar el cerebro humano a una computadora para que siga funcionando después de la muerte. Ciberinmortalidad.                             
                JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
    Aparecido en Diario Jaén el martes 22 de octubre de 2013 

viernes, 20 de septiembre de 2013

Blanco roto. Las primeras veces

                                                  BLANCO ROTO
           
                   LAS PRIMERAS VECES        

     Del mismo modo que terminamos por no percibir un olor instantes después de estar en relación con su fuente, tras un tiempo viviendo una novedad, esta deja de serlo y nos parece que lleva toda la vida con nosotros. Este fenómeno tiene dos aspectos: el positivo es que sirve a nuestra capacidad de adaptación, que a la vez permite al hombre seguir buscando otras novedades; el negativo es que vuelve rutinario lo que nos rodea, de modo que terminamos por dejar de percibirlo. El mundo se vuelve pétreo con demasiada facilidad, y es necesario el zarandeo de un acontecimiento imprevisto y rotundo (el amor, la muerte) para que se licúe y volvamos a sentir el misterio de la existencia. De ahí que el novelista Milan Kundera insista en la conveniencia de prestar oído a la aparición de ciertos fenómenos humanos que hoy nos resultan normales. Pensemos qué sintieron los primeros habitantes de ciudades como París o Londres en el momento en que empezaron a ser el lugar de la multitud, en el siglo XIX. O los hombres que veían sus rostros fielmente reproducidos en un daguerrotipo o escuchaban sus voces en el fonógrafo de Edison. O quienes comprendieron que los ruidos de motos y coches constituirían la banda sonora de nuestras calles. Iba a decir que a los lectores que vivieron una infancia sin televisión, o a los que vivimos una infancia y una adolescencia sin internet, nada nos cuesta imaginarlo, pero lo cierto es lo contrario: pese a haber tenido la experiencia del cambio del mundo, nuestra capacidad de absorber la novedad es tal que tenemos la sensación de que esas cosas (la televisión, internet) siempre han estado con nosotros. También a dar clase nos hemos acostumbrado los profesores, pero septiembre es el mes del recomienzo en el que nos es dado volver a la fuente y vivir por primera vez lo que ya hemos vivido muchas veces.

             JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

 Aparecido en Diario Jaén el martes 17 de septiembre de 2013

lunes, 2 de septiembre de 2013

El barco de Teseo

Este es un cuento perteneciente al libro, disponible en versión impresa y digital, Nuevos casos de Lupión. Para su aplicación en clases de filosofía, añado su apéndice correspondiente, disponible sólo en la versión digital.

                                         EL BARCO DE TESEO


Tengo la impresión de que la diversidad ha menguado en el último siglo. Generalizaciones como ésta son difíciles de comprobar, aun utilizando los recursos de la Sociología que, si científicos, no por eso nos acercan más a la verdad. Insisto, pues, en que se trata de una impresión. En su favor alego el hecho de que, pese a que uno conoce a lo largo de su vida más personas que en el pasado, la sensación de repetición es mayor. Pocas son las veces en que alguien nos sorprende con una vida orientada por ideas diferentes. Y creo que antes era más fácil encontrar ese tipo de personas, como puede verse si atendemos a los restos del ayer que todavía se conservan en los pueblos. Una penetra en la vida de un pueblo y se da cuenta de que cada vecino tiene su peculiaridad, de que no hay dos iguales. Pero, aunque he visitado durante muchos veranos a mis abuelos, yo soy de ciudad, y estoy cansada de esta uniformidad que más destaca cuanto más se habla del respeto a la diferencia. ¿A qué diferencia?

“Todos sois diferentes”, gritaba el protagonista de una película a la masa. La turba respondía “Sí, sí, todos somos diferentes”, pero uno se desmarcaba diciendo: “Yo no”. Esta paradoja es todo lo contrario de una explicación científica pero, como puede verse si a estas alturas se conserva la vista, acerca más a la verdad que un puñado de estadísticas.

Lo primero que me llamó la atención de Lupión fue precisamente eso, que era diferente sin pretenderlo (pretenderlo es algo que uniformiza hoy). Su distinción, en los dos sentidos de la palabra, tenía la espontaneidad de una segunda naturaleza, y había llegado a ese momento de la vida en que uno, más que arriesgar en la exploración, extrae con morosa delectación el jugo de lo que se tiene. A cambio de algo menos de aventura y algo más de escepticismo, el hombre por fin descansa y se reconcilia consigo mismo, y los placeres, aunque menores, son seguros y plenos. En el pasado quedan ambiciones y errores, vuelos de Ícaro y dolor. Ya es difícil equivocarse, el canto de sirenas es sólo un nostálgico recuerdo, y se está seguro porque hemos conquistado nuestro lugar en el mundo. Claro que hay ilusiones, y esperanzas, e incluso — la vida está hecha así— una puerta abierta a la sorpresa. Fue la puerta por donde intenté colarme.

Quiero hablar de Lupión y no de mí, pero no se podrá entender a Lupión si no se tiene en cuenta que yo soy la valentía encarnada. Me despojaré de modestias y aclararé que lejos de ser la valentía temeridad o locura, nace de ella la prudencia. No es prudente el miedoso, que se pierde en la huida de fantasmas imaginarios. Yo identifico la valentía con la vida.

Soy transparente para mí, en la medida en que eso es posible. Dicho de otro modo, casi carezco de inconsciente. Mis inconfesables deseos, mis anhelos más recónditos, hasta el puñado de temores que — homo sum —  pretenden esconderse, acuden obedientes a la llamada de mi consciencia. Si por azar algún joven lee esto y piensa que la transparencia ya no es mérito ni gracia, pues todos los jóvenes carecen del inconsciente que tanto costó a Freud defender, le diré que, en efecto, una transparencia así, ni mérito ni gracia tiene, del mismo modo que no los tiene la transparencia de la nada. La transparencia gana cuanto más transparenta.

Como mujer, estoy muy cerca de mi cuerpo, y fue éste quien primero me advirtió de que Lupión me gustaba mucho. No al instante, sino después de saludarnos presentados por Andrés, quien tantas veces y con tanto provecho lo había consultado y con el que yo había viajado en tren hasta allí.

Lupión tenía la figura delgada y atlética de quien ha resistido mejor que sus coetáneos el paso del tiempo. Aunque éste había mordido la elasticidad de su carne, podía decirse que se mantenía en forma. Sus ojos tenían un brillo profundo y eran una promesa de excepcionalidad. Ese día vestía informal y cómodamente.

Andrés se apartó tras presentarnos y nos miró con curiosidad. Mi amigo siempre había deseado, sin éxito, saber cualquier cosa de la vida sentimental de Lupión, y, también sin fruto, no saber tanto de la mía. Ahora miraba cómo nos mirábamos los dos por primera vez e intentaba adivinar qué podía salir de ahí. A mí me conocía lo suficiente y no dudé de que advirtió lo que me estaba ocurriendo en ese preciso momento, pero Lupión debió de parecerle tan impenetrable como siempre… y como a mí.

— Andrés me dijo que trabaja usted para una casa de subastas —rompió Lupión el silencioso hielo.

— Así es. Precisamente lo que nos trae aquí es una subasta que celebramos la semana pasada.

— Espero que no sea eso sólo lo que os trae aquí. No sólo, aunque también, claro —y Lupión y Andrés se miraron con complicidad. Yo interpreté que su mirada aludía a su vieja amistad y a las veces que el segundo visitaba al primero con algún caso entre manos—. Ahora hablaremos de esa subasta. Pero antes permitidme que os obsequie con algo.

Mi amigo me dijo con una mirada traviesa te lo dije, todo un caballero, y ayudó a Lupión a preparar la mesa.

El día quería ser frío pero al sol se estaba bien, así que nos sentamos fuera. Lupión nos había preparado lo que llamó unos aperitivos contradictorios, como caramelos de morcilla o bombones con sal, lo que acompañó con unas copas de oloroso.

Miraba sus movimientos, que tenían la calma nerviosa de una persona activa y serena, aunque yo fantaseaba pensando que esa ligera excitación la estaba causando yo. Miré a Andrés intentando ver alguna esperanza a mi fantasía, pero mi amigo había cazado un bombón antilógico y lo saboreaba ausente.

Al cabo de un rato, Lupión me preguntó con su voz poderosa por la subasta.

— Subastábamos — le respondí — un mueble francés del siglo XVIII, de la época de Luis XV.

— ¿Qué mueble? —me preguntó con el interés de un experto o, al menos, de un aficionado.

— Una cómoda.

Lupión casi dejó escapar un gesto de decepción, que yo adiviné, por lo que le pregunté con sorna, ya tuteándolo:

— ¿Qué mueble hubieras deseado que subastáramos?

— Me esperaba, qué se yo, un bonheur-du-jour, o una de esas escribanías femeninas repletas de gavetas y escondrijos para escribir y esconder cartas secretas y notas.

— Vaya — lo halagué— , veo que también entiendes de muebles. Cuando subastemos algo así te avisaré.

— No creo que pueda comprarlo, pero me encantará asistir. Me gustan esos muebles tan dieciochescos, tan franceses, tan femeninos, tan curvos, tan hogareños, donde late todavía el secreto y la epístola.

Iba a decirle airada ¿quieres decir que somos unas retorcidas chismosas?, pero me contuve.

— No debes enfadarte, por favor —adivinó ahora él—. Lo femenino era eso entonces, y no deja de tener su encanto. Lo masculino, concederé, me parece que era en comparación menos inteligente.

— El caso — dije a medias conforme— es que subastábamos una cómoda de Charles Cressent. Como aficionado al mueble conocerás a este ebanista con grandes dotes de escultor — asintió con modestia Lupión, y continué: — Se trata de una cómoda de formas curvas que supusieron una innovación en esa época, con el motivo de un mono con faldita y un gorro, balanceándose sobre una cuerda sostenida por dos niños.

— Sí, el mono fue un motivo que hizo fortuna.

— En efecto. Hay siete cómodas como esa, una de ellas en el Louvre y otra en el Metropolitan Museum de Nueva York. Sólo una permanecía en manos privadas, y el propietario ha decidido venderla. Como puedes suponer, el precio de partida era muy elevado, debido a la antigüedad y a la importancia del ebanista, así como al estupendo estado de conservación.  Hubo dos o tres pujas, y entonces intervino un señor.

Lupión sirvió un poco más de oloroso y me miró con sus profundos ojos:

— Intervino —repetí— un señor con acento francés, diciendo que ese escritorio era en cierto modo más falso que los cuadros de Van Meegeren.

— El falsificador de cuadros de Vermeer…

— Sí, en el mundillo de las subastas lo recordamos a diario. El francés nos acusaba de subastar una pieza falsificada, o eso fue lo que pensamos. Luego, sin embargo, aclaró: no digo que actúen ustedes de mala fe, ni tampoco que la cómoda haya sido falsificada, bien copiando una original o bien inventando según los principios de aquellas fechasDigo que no hay nada en esa cómoda que existiera en el siglo XVIII.  Se le preguntó que cómo estaba tan seguro. Porque esa cómoda, esa misma cómoda, sólo que la auténtica, la tengo yo.

Los ojos de Lupión brillaron con más fuerza. Andrés miraba su expresión y sonreía satisfecho, como si le hubiera arrojado el mejor de los huesos al perro favorito.

— Como puedes suponer,  nos quedamos todos patidifusos. Delante del discreto y educado murmullo general, le mostramos los informes de los expertos, sacamos los tres catálogos de venta de muebles de Cressent, el de 1749, el de 1757 y el de 1765, las compraventas hechas hasta llegar a su actual propietario, exhibimos el certificado de garantía, y él no abandonó su mueca de suficiencia. Finalmente dijo: No se trata de un problema de expertos en arte, sino de un problema de expertos en identidad. ¿Qué es una cosa?, esa y no otra es la cuestión. Miren ustedes, me dejaré de rodeos. Un día de 1749 el ebanista Cressent vende a M. de Selle una cómoda de bronces riquísimos y ejecución maravillosa. Pero, como ustedes documentan, la colección de M. de Selle es vendida en 1761 y la cómoda cambia de dueño. El tiempo pasa y la Revolución Francesa llega. La cómoda es maltratada y pierde una pata, que no le es sustituida hasta la época del Imperio, en que un restaurador le pone una nueva. Y hete aquí el mueble luciendo otra vez en el comedor de la familia Veniat. Pero ¿qué fue de esa pata perdida, de la pata que originalmente tuvo el escritorio? Un antepasado mío, amigo de los Veniat y testigo de los angustiosos acontecimientos revolucionarios, la había guardado como recuerdo. Corre el siglo XIX y en una mudanza se desprende el bronce dorado con forma de león que remata una de las patas. Mi ascendiente, al que le gustaba rebuscar en anticuarios, acabó encontrándolo, con indignos abollones. Se lo ofreció a la familia, quien le dijo que ya había sido sustituido y que podía hacer con él lo que gustara. Se lo quedó. Dos percances más sufrió el mueble en vida de mi antepasado, de los que no da detalles en su diario, pero que obligan al cambio de los dos cajones. Lo que había empezado de casualidad empezó a tomar la forma de un juego, y al final de su vida mi ascendiente había conseguido hacerse tanto con ellos como con el mono, que se había desprendido y que, aislado, lucía en un puesto del Marché aux Puces en las Puertas de París. El juego se convirtió en obsesión para su hijo, quien siguió la pista a la cómoda y registró tanto el deterioro y cambio de las hojas de acanto o de las patas originales como su apropiación con el consentimiento de la familia. Creo que ya habrán adivinado lo principal del resto. El hijo de ese hombre fue el abuelo de mi abuelo, y todos hasta llegar a mí hemos recibido como la herencia más preciada las partes que la familia propietaria iba desechando de la cómoda de Cressent y el deber de hacernos con los nuevos viejos ornamentos o trozos que fueran sustituidos para mejorar la presencia del mueble. He de reconocer que en alguna ocasión la impaciencia llegó, no a rozar la ilegalidad, pero sí a forzar la situación, como cuando mi hermana mayor regaló a mi padre un niño mofletudo y alado correspondiente a la parte de atrás y que había cambiado a una niña de la familia por una muñeca de porcelana. Recuerdo la reprimenda de mi progenitor, la defensa de la niña (estaba viejo y cayéndose, de verdad que estaba viejo y cayéndose) y la cara de felicidad con que lo contempló en cuanto se creyó a solas. Ustedes recordarán que para subastar el mueble cambiaron una broncínea pata de león bastante dañada. Era la última pieza original y yo les ofrecí unos euros por ella. Una vez colocada en su lugar, conseguí el puzzle completo y una cómoda exactamente igual a la que ustedes tienen ahí encima, sólo que mucho más vieja, mucho más ajada y, sobre todo, mucho más… auténtica.

Lupión respiró hondo, cogió un canapé con espinaca azul y dijo con una amplia sonrisa:

— El barco de Teseo.

Hubo un silencio de interrogación, y Lupión prosiguió:

— Cambia la cómoda por un barco y tendrás la historia griega original, la historia del barco de Teseo. Ese francés tiene razón: no es un problema de expertos en arte, sino de expertos en identidad. La cómoda que él tiene está hecha con las piezas originales, aunque a la que tenéis vosotros no se le puede negar su reclamación de autenticidad.

Andrés se levantó para estirar las piernas y juguetear con los perrillos de Lupión, quien me preguntó:

— ¿Por qué interferir en la subasta? ¿Por qué no quedarse con su cómoda auténtica?

— Supongo que quiere, mediante este golpe de efecto, reclamar la posesión de la auténtica obra. En el mundillo de los coleccionistas de antigüedades, como en todos los mundillos, la gente se conoce. Si quería entrar en él o dejar claro que posee un mueble de Cressent, tal vez para venderlo a un elevadísimo precio, este era un buen momento. Sólo podía autentificar su cómoda demostrando que la nuestra no era la auténtica, porque… porque las dos cómodas no pueden ser auténticas… ¿O sí?

Lupión me miró de un modo distinto, o así me pareció, y Andrés volvió a sentarse. Yo noté cómo me recorría una apasionada curiosidad por ese hombre solitario.

— No es un problema fácil — reflexionó Lupión—. El argumento a su favor está claro: las piezas son las originales. El vuestro es el siguiente: si una cosa se explica, y en esto me apoyo en Aristóteles, por su materia, su forma, su constructor y su finalidad, la cómoda del francés cuenta claramente con la materia original, pero la forma y la finalidad, y tal vez el constructor, los posee vuestra cómoda, puesto que ha sido fiel a lo que inicialmente era, manteniendo la misma esencia (lo que he llamado forma), y ha servido al objetivo primero durante más de dos siglos (la finalidad). En cuanto a Cressent, el ebanista, creo que diría que vuestra cómoda es la que él hizo, pues, al fin y al cabo, la del heredero francés la ha hecho —rehecho— él mismo, o más bien, él y sus ascendientes. Así pues, ganáis tres a uno.

¿Cómo podría vivir solo ese hombre? ¿Pero realmente vivía solo? Andrés parecía decirme: te lo advertí, siempre tiene una buena respuesta. Y seguir diciéndome: te lo advertí, te vas a sentir atraída por él.

— Imagino —dije— que será un juez quien finalmente decida, pero dado lo rocambolesco del asunto no es raro que atienda este tipo de razones en manos de un buen abogado.

— Puede vuestro abogado añadir también lo siguiente: todas las piezas que componen vuestro mueble han estado en contacto con al menos alguna original.

—  Excepto la última, claro.

—  En efecto, pero ella entra en contacto con las que han estado en contacto con alguna original. Y, retomando lo anterior, todas ellas formaban parte de un conjunto heredero de la intención inicial del ebanista. Pese a los recambios y las restauraciones, el mueble seguía siendo considerado y funcionando como la cómoda que Cressent vendió a M. de Selles. Seguía, digámoslo así, siendo portador de la memoria del objeto, lo que no ocurría con las piezas desechadas. Porque tu cuerpo sea otro al de tu infancia no eres otra persona. Mantienes la misma identidad pese a los cambios. Es más, gracias a los cambios, porque la identidad humana consiste en cambiar. 

— La humana, tú lo has dicho.

— La humana consiste en cambiar en función de lo que le pasa y de lo que decide. Pero también sirve lo dicho para tu cómoda, si bien sus cambios provienen todos del exterior, de los avatares del tiempo. Lo que sostengo es que la identidad está en la memoria, y tu mueble es, de los dos, el que la tiene, al que le han ocurrido esas cosas. El del francés está compuesto de piezas con memorias particulares, que tienen en común el momento en que estuvieron juntas, pero que luego siguieron caminos separados. La memoria del mueble qua mueble, sólo la tiene vuestra cómoda.

— ¿Y qué pasa con los amnésicos? —preguntó Andrés maliciosamente.

— Perder la memoria — se dirigió a él Lupión—  no significa perder la identidad, sino que uno mismo no puede acceder a ella. Pero pueden los demás, lo que quiere decir que la tienes. En ese sentido, y sólo en ese, es como la cómoda de la casa de subastas, que no puede saber quién es pero que no por ello deja de serlo.

Cavilamos en silencio los tres durante un buen rato, y entonces Lupión se levantó y nos dijo:

— Y ahora a comer.

Andrés pasó al cuarto de baño y, antes de abandonar la mesa para preparar la comida, Lupión me dijo:

— Es todo lo puedo decirte…

Pero no había cerrado la entonación, y mirándome a los ojos, después de un silencio y antes de entrarse, lo hizo diciendo:

— …en cuanto a la subasta de la cómoda.

Un mundo pareció entreabrirse.


APÉNDICE PEDAGÓGICO
El barco de Teseo (o La identidad: Psicología o Antropología)

1. Al comienzo del cuento se nombra una ciencia.
a) ¿Cuál?
b)  ¿Qué estudia?
c) En una clasificación de las ciencias usando el criterio de su relación con la experiencia y del tipo de objetos que estudian, ¿dónde colocarías a esta ciencia?
d) Nombra tres autores destacados en esta ciencia.

2. En el principio del cuento hay dos referencias mitológicas: a Ícaro y las sirenas. Busca información sobre uno y otras.

3. Cerca de ese lugar se habla de Freud.
a) ¿Quién fue?
b) ¿A qué se refiere el texto con la expresión el inconsciente?

4. Cuenta quién fue Teseo.

5. Y ahora cuenta la paradoja del barco de Teseo.

6. En la intervención de Lupión que comienza "No es un problema fácil", aparece nombrado un filósofo griego.
a) ¿De quién se trata?
b) ¿Qué relación tiene con Platón?
c) Explica la teoría de las cuatro causas que aparece en el texto.
d) ¿Qué otro nombre, según las palabras del propio texto, podemos dar a la forma?

6. ¿Con qué se relaciona, al final del cuento, la identidad?


ALGUNOS AUTORES Y TEMAS TRATADOS A LO LARGO DEL LIBRO NUEVOS CUENTOS DE LUPIÓN
Autores: Sócrates, Platón, Aristóteles, Freud, Türing, Heidegger.
Temas: Teoría de la reminiscencia platónica, concepto de inteligencia, distinción y relación entre lo físico y lo psíquico, ejercicio de lógica, concepto de símbolo, concepto de comunicación, diferencia entre la comunicación humana y animal, tipos de realidad, teoría platónica de la realidad, concepto de Sociología, clasificación de las ciencias, teoría de Freud, teoría de las cuatro causas aristotélica, concepto de esencia, cuestión de la identidad, cuestión de la memoria.


jueves, 29 de agosto de 2013

Nota preliminar y el primer cuento de Cuentos rotos

NOTA PRELIMINAR
           
            Los cuentos que constituyen este libro comparten una misma atmósfera y unas mismas preocupaciones. Adelantarlas sería restar frescura al primer encuentro con ellos, pero explicar brevemente la estructura de su agrupación aclara la forma sin apenas tocar el contenido. Los cuentos que caen bajo el mismo número romano tienen una intención similar. Así, el primer cuento y el último, ambos cabe el I, tienen vocación de totalidad en el contexto de este libro. Los cuatro cuentos, dos tras el primero y dos delante del último, señalados con el II, juegan a forzar la estructura. Los tres y tres bajo el III quieren ser serios y apuntan a la hondura. Los cuatro centrales que forman el IV buscan, por el contrario, la ligereza y la sonrisa.

  I
 TOUT EST DIT                                 
“ tropezamos/
  con el pasado al avanzar, todo es renuevo”
   (Unamuno)
   
Tout est dit, et l’on vient trop tard    
depuis plus de sept mille ans qu’il y a des
hommes et qui pensent.
(La Bruyère)




            ¿Sabe usted cuál es mi problema? Que siento unas terribles ganas de decir, que tengo vocación de narrador, y a la vez siento hambre de autenticidad. Eso hace que todo cuanto escriba me resulte inane, vano, humo, nada. Todo está ya dicho, todo está experimentado, y, lo peor, hemos sometido todo al análisis y cogido las vueltas a lo que nuestros padres todavía disfrutaban con la ingenuidad del niño que se deja engañar. Conocemos los mecanismos de todos los juguetes, aunque para ello hemos tenido que romperlos.
            Creo que es el problema de nuestro tiempo, que sabemos demasiado. Por eso somos tan ignorantes y tan infelices.
            Sé que ahora mismo estoy contando, y precisamente me refiero a esta sensación que tengo, la sensación de que puede usted ver las intenciones de mi relato, su técnica, sus trucos. Y no porque no se oculten como siempre se ha hecho, sino porque nuestra mirada ha cambiado, se ha vuelto analítica y destripadora, insaciable.
            ¿Pero sabe lo que también pienso? Que esta impresión de haber llegado a un callejón sin salida, de que nada puede ya decirse, es algo exclusivamente personal y que no refleja el estado de cosas. No es que no pueda ya contarse nada, es que yo no puedo contarlo. Pretender que uno ha ajustado su sensibilidad a la del tiempo es pecar de ingenuidad y soberbia a la vez. Si las cosas parecen haber perdido su sabor el problema puede ser de mi lengua, no de las cosas. Al fin y al cabo, decir que todo ha sido dicho también ha sido dicho, y no desde hace poco sino al menos desde que el Eclesiastés proclamó su nihil novum sub sole.
            He sufrido y he visto sufrir demasiado, y odio recrearme en el dolor. El cerdo prefiere el estiércol al agua limpia, el asno los desperdicios al oro, enseña Heráclito, y yo no quiero ser cerdo ni asno. Por eso, cuando la amargura me atenaza la garganta porque todo me resulta sin sabor, pongo cara de hombre resuelto y busco un estado y una ciudad: la soledad y París.
            ¿Por qué París? No podría decirlo, y eso me alegra. Por mucho que he leído sobre él, el juguete París no he podido destrozarlo, rechaza una y otra vez el análisis. Así que, junto con Lede, mi mujer, es lo único que para mí conserva todavía la atmósfera impenetrable del encantamiento.
            Las ciudades europeas están cargadas de historia, y París lleva especialmente sobre sus espaldas ese peso. Sin embargo, hay en ella una vitalidad contagiosa que ayuda a disipar esa sensación de que el mundo está gastado y uno ha leído ya todos los libros.
            Diez días he estado en París y he recuperado la forma. Vuelvo a casa con el alma más ligera y un cuento en la mochila.
            El cuento se me ocurrió cuando paseaba el domingo por la Avenue Montaigne. Sabrá usted que ahí se concentra un buen puñado de tiendas de lujo. Yo me fijé en la de Christian Dior, que en realidad eran tres locales. En los escaparates del destinado a ropa, estudiadamente diseñados, las maniquíes vestían de otoño. En la joyería la persiana tapaba anillos y pendientes y en la boutique infantil había expuestas prendas de niños bien y unos zapatos encerrados en una jaula. Entonces pensé que Bede sería un hombre que había ido a París en busca de soledad y consuelo, y que un domingo, delante de Christian Dior, se pone a echar fotos. Con mi cámara empecé a hacerlo yo, mientras pensaba cuál sería el motivo de Bede, para qué querría él fotos tan detalladas como las que yo estaba tirando sobre las puertas, los escaparates, los edificios. Era fácil: su motivo sería el mío, inventar un personaje que tirara fotos con exhaustividad a Christian Dior. El abismo se abría, la recursividad era el recurso: también el personaje de Bede inventaría un personaje que echaba fotos para inventar un personaje que echaba fotos para inventar… Me dio vértigo imaginarme la sucesión de personajes, uno dentro de otro, como las muñecas rusas, que estaba generando, y más vértigo aún pensar que tal vez yo no era el comienzo de la serie.
            ¿Ve usted? Ya estamos otra vez. Le cuento el cuento y veo lo gastado que está, cuántas veces se ha dicho. Sí, ya sé que los escritores más encumbrados hoy día también escriben libros ya leídos, pero ¿es eso consuelo? Al contrario, justo ese es mi desconsuelo, ser capaz de ver libros de segunda mano en los libros con olor a nuevo que acaban de publicar mis escritores favoritos.
            ¿Quiere usted que le cuente cómo continuaba el cuento o lo ha adivinado ya? Sí, en efecto, me detuvieron, a mí, a mi personaje y a los infinitos personajes creados por los infinitos personajes. Y me detuvieron porque al día siguiente los empleados de Christian Dior descubrieron que habían robado en la joyería. Las cámaras de seguridad habían grabado a un hombre de unos cuarenta años fotografiando el más mínimo detalle de la fachada de los locales. La policía francesa no es como la española, con su complejo de culpa por los excesos cometidos en otro tiempo, así que puede suponer que no fue fácil convencerlos de que en realidad era un escritor haciendo lo que mi personaje y lo que todos los personajes de una serie infinita. Dudé mucho si decirles que ellos también eran ya personajes golpeando al protagonista, y que también se repetían infinitamente. Era un arma de doble filo: podían entenderlo todo o tomarlo como una burla. Al final se lo dije, claro, cómo morderse uno la lengua cuando un hallazgo estético pugna por salir. ¿Hallazgo? Ya sabe usted: no. Ya no hay hallazgos.
            Así que esta tarde todos, mis infinitos personajes y yo, tal vez mis infinitos creadores también, hemos cogido el tren en la Gare d´Austerlitz y estamos hablando con usted en la cafetería, es decir, con ustedes, con los infinitos ustedes en los que se despeña la mente cuando quiere decir, hoy, algo nuevo.


martes, 27 de agosto de 2013

Los tres en Amazon

Los casos de Lupión, Nuevos casos de Lupión y Cuentos rotos ya están también en versión digital. Los dos primeros contienen un apéndice para su uso en las clases de filosofía de Bachillerato que no aparece en la versión impresa. El tercero es una propuesta literaria que contiene 16 cuentos y poco accesible en su versión impresa. 
http://www.amazon.es/s?_encoding=UTF8&field-author=Juan%20Fernando%20Valenzuela%20Maga%C3%B1a&search-alias=digital-text


                                                    Cuentos rotos

miércoles, 21 de agosto de 2013

Los casos de Lupión en versión Kindle

Aparece en Amazon una versión digital de Los casos de Lupión. La novedad de esta versión es que tiene un apéndice que permitirá su uso en las clases de Filosofía y Ciudadanía (1º Bachillerato) e Historia de la Filosofía (2º Bachillerato).





http://www.amazon.es/Los-casos-de-Lupi%C3%B3n-ebook/dp/B00EO1M338/ref=sr_1_2?ie=UTF8&qid=1377070521&sr=8-2&keywords=Juan+Fernando+Valenzuela+Maga%C3%B1a

lunes, 8 de julio de 2013

Blanco roto. El friki (y 2)

                                                                                                                    BLANCO ROTO

                        EL FRIKI (y 2)

            Habíamos quedado en fijarnos en la figura del friki como persona ducha en las nuevas tecnologías y acaso brillante en una disciplina científica, con gusto por la ciencia ficción y con torpeza en las relaciones sociales, y nos preguntábamos si esa figura era el sabio contemporáneo. Del primer filósofo, Tales de Mileto, se cuenta que cayó a un pozo por ir mirando los astros, y que una joven campesina tracia se rió al ver la escena. Puede que el intento de abarcar el universo le valga al sabio un tropezón, pero esto no significa que no sepa tratar con la realidad (aunque Kant sospechaba que el don del pensador era como aquel con el que Juno honró a Tiresias, cegándolo para dotarle de la facultad de la adivinación). Del propio Tales nos cuenta Jerónimo de Rodas que, conociendo que se avecinaba una gran cosecha de aceite, tomó en arriendo muchos olivares y ganó una fortuna, es de suponer que precisamente gracias a mirar más allá de sus narices, demostrando acaso que la sabiduría no aniquila necesariamente la facultad para enriquecerse, aunque sí el interés por ello. Pero incluso admitiendo la similitud de una cierta torpeza práctica entre el friki y el sabio, no debemos confundirnos. El sabio atesora preguntas, el friki respuestas; el sabio profundiza, el friki se extiende; el sabio mira el todo, el friki es un especialista. Así que el friki sería el heredero del erudito, no del sabio. Sin embargo, hay una diferencia esencial entre ellos: mientras el erudito vive de la tradición, el friki ha roto con ella. Por eso es un fenómeno de nuestro tiempo.

Artículo aparecido en Diario Jaén, probablemente el viernes 28 de junio de 2013

sábado, 25 de mayo de 2013

El Libro del Génesis

                                                                                                    
                                                                                 
  
El Libro del Génesis
Textos y pintura
Comentarios de José María Herrera
Editorial Edinexus

Whitehead dijo, y todo el mundo repitió luego (incluido yo ahora), que la filosofía occidental consiste en una serie de notas a pie de página de la filosofía de Platón. Menos conocida es la idea de George Steiner de que toda la literatura está habitada por la Biblia. Al margen de la idea que se tenga del mayor peso de la influencia griega o de la judeo-cristiana en nuestra cultura, nadie niega que la Biblia es, en cierto modo, el libro. Nos costaría encontrar, si la hay, una biblioteca que albergara todas las Biblias que en todas las lenguas y medios imaginables existen. Pero si en nuestra hiperbólica exigencia incluimos la bibliografía sobre este texto de textos, podemos ahorrarnos la búsqueda.
            Por todo lo dicho, un nuevo libro relacionado con la Biblia, como el que nos propone la editorial Edinexus, si bien cuenta con la importancia del texto base (el Génesis) se enfrenta inmediatamente a la objeción de la cantidad de páginas que ya hay impresas sobre el asunto. El sentido del libro tiene que venir, pues, dado por la adopción de una nueva perspectiva desde la que acceder a este primer libro de la Biblia. Esta novedad acaece debido a dos motivos: la concepción editorial y el autor, José María Herrera Pérez.
            En cuanto a la concepción de este libro, es sugerente y prometedora. Sugerente, porque se trata de comentar los capítulos del Génesis e ilustrarlos con obras maestras de la historia de la pintura, a su vez tenidas en cuenta en esos comentarios. Prometedora, porque abre la posibilidad de editar del mismo modo cuantos libros de la Biblia se consideren oportunos. Viendo la calidad de las reproducciones y de la edición en general, además de abrirse esa posibilidad, se abre el apetito y el libro deviene inicio de de lo que podría ser un proyecto.
            Darle contenido a esa concepción bien gestionada es el papel que asume José María Herrera, autor de la introducción, los comentarios y de la selección de pinturas. Y aquí este libro adquiere una poderosa razón de ser, porque nos encontramos con una profunda y original hasta lo sorprendente visión del Génesis, expuesta en la introducción y que sirve de guía en los comentarios. El autor se sitúa en un lugar a la vez distante de la racionalidad científica (representada en este asunto por el evolucionismo) y del creyente que no quiere ver la historia. Se piensa la Creación, no cosmológica, sino existencialmente, y entonces la reflexión empieza a degustar un jugoso sentido en el Génesis, que traicionaría si intentara desvelarlo en un par de líneas. Sólo adelantaré que asuntos como el trabajo, el dolor, la muerte, la perspectiva y, sobre todo, el tiempo, aparecen articulados en la interpretación del autor de un modo tan coherente como sugestivo.
            La elección de las pinturas es tan certera como variada, recorriendo la historia de la pintura desde la Edad Media hasta casi nuestros días. Imágenes conocidas y casi obligadas, como las de Miguel Ángel relativas a la Creación, se combinan con otras difíciles de olvidar una vez contempladas, como la del terrible cuadro de Hans Baldung Grien que aparece en la portada del libro, y con algunas menos conocidas como las tomadas del Salterio de San Luis, glosadas con el criterio de quien está familiarizado con los motivos y la historia del arte. En este apartado, hubiera sido acertado un índice de pinturas al final del libro.
            Releer de este modo el Génesis, recreado por pinturas bien reproducidas e inéditos comentarios, es una grata y excelente forma de volver a visitar la que, después de todo, siempre fue nuestra casa.
Juan Fernando Valenzuela Magaña

martes, 7 de mayo de 2013

Manuel García Morente

Artículo
Artículo aparecido en Diario Jaén el miércoles, 19 de diciembre de 2012, el mes en que se cumplían 70 años de la muerte de Manuel García Morente. Pulsa en él para ampliarlo.



MANUEL GARCÍA MORENTE

         Había nacido en Arjonilla en 1886. La mañana del día 7 de diciembre de 1942, hace ahora setenta años, moría en Madrid. Tenía en la mano la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino.
         Aquel lejano día de posguerra, en un salón del convento de la Asunción, en torno a ese hombre amortajado con su sotana, su figura, como rodeada de espejos, se iría multiplicando, igual y diferente, en la memoria de los amigos que lo rodeaban. Es probable que todos recordaran en ese momento de despedida dos momentos esenciales en la vida del difunto. Uno por ser símbolo y otro por ser comienzo de un camino que la muerte acababa de truncar recién nacido.      
El momento simbólico acaece en 1933 y lo constituye un crucero universitario por el Mediterráneo. Morente, su jefe de expedición, era por entonces decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid. El 15 de enero de ese mismo año se había inaugurado su nuevo edificio en la Ciudad Universitaria. El edificio, fruto de la compenetración del arquitecto Aguirre y el decano, compartía con el crucero el mismo espíritu abierto y luminoso que vertebraba también el nuevo plan de estudios, diseñado por Morente. Ninguno de los participantes olvidaría ese viaje. Uno de ellos, Julián Marías, escribió en sus memorias: “Creo que nadie pudo olvidarlo nunca. Nuestras vidas se han nutrido en buena medida de aquella experiencia”. El crucero en el Ciudad de Cádiz supuso una convivencia durante cuarenta y cinco días de una parte significativa de los intelectuales de aquel momento y de los años posteriores, en un entorno enormemente estimulante para ellos. Estaba planteado como un viaje al origen de nuestra cultura, un contacto con ruinas y paisajes de las orillas del Mediterráneo donde empezó nuestra milenaria aventura. En el documentadísimo libro El sueño de una generación, de Josep Maria Fullola y Francisco García Alonso, se cuenta el contexto y el desarrollo del viaje, y en Notas de un viaje a Oriente, de Julián Marías, puede leerse su diario y correspondencia de aquel viaje. Isabel García Lorca expresó el motivo de la importancia que tuvo aquel crucero para muchos de sus participantes: “Era (…) la primera vez ante muchas cosas: el descubrimiento”. El Ciudad de Cádiz, en lo que constituye un símbolo, fue hundido en la guerra civil.         
El momento de radical transformación acontece pocos años después del crucero, en abril de 1937. Morente ha tenido que huir del Madrid de principios de la guerra porque su vida corre peligro. Lo han despojado del decanato, han asesinado a su yerno en Toledo, dejando a su hija viuda con veintidós años y dos hijos. Está en París, en un estado de extrema penuria, comiendo en casa de la viuda de un antiguo compañero de estudios muerto en la Gran Guerra y alojado en el piso de su amigo Ezequiel de Selgas, que, como correo secreto, se ausentaba días y noches enteros dejándolo solo. Al dolor se suma el remordimiento por haber dejado a su familia en España y su preocupación por sacarla de allí. Todas sus gestiones fracasan, también las que hace para encontrar trabajo. Su situación económica cambia al conseguir un encargo editorial, un diccionario francés-español y español-francés. Recibe entonces la oferta de la cátedra de Filosofía en la Universidad de Tucumán, en Argentina. Acepta, pero condiciona el viaje a la salida de España de su familia con el objeto de que lo acompañen. Esta salida se pone difícil y entonces, en la noche del 29 al 30 de abril, solo en el piso desde el que puede verse, en la lejanía, Montmartre y la luz de la torre Eiffel, Morente vive una conversión que le da un nuevo rumbo a su vida. Cuando uno toca fondo, se encuentra con Dios. Al día siguiente, resuelve hacerse sacerdote, pero mantiene la decisión en secreto. Sus hijas consiguen llegar a París y la familia emprende el viaje transoceánico. El testimonio de esa noche lo constituye una carta escrita tiempo después, en septiembre de 1940, al doctor José María García Lahiguera.
En Tucumán, con ese secreto todavía guardado en el corazón, imparte en 1937 un curso que queda recogido en un libro exitoso, Lecciones preliminares de filosofía, que nos permite entender la afirmación de quienes asistieron a sus clases: Morente tenía un enorme talento pedagógico. En efecto, la lectura de cualquiera de sus obras corrobora completamente esa impresión. Su libro sobre la filosofía de Kant combina el rigor, la amenidad y la claridad expositiva de un modo aparentemente fácil pero en el fondo sorprendente. Morente consigue en sus escritos, mediante el estilo y la ordenación de la materia, facilitar la comprensión y asimilación de asuntos hondos y complejos con la maestría de una tradición pedagógica de la que, lamentablemente, no se ve rastro alguno en nuestro tiempo.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA