martes, 13 de febrero de 2018

Si todo se repitiera

    Pongo aquí el artículo publicado ayer, lunes, 12 de febrero de 2018, en el diario Jaén. En la edición del periódico han omitido dos puntos y aparte, uno de ellos muy necesario.



SI TODO SE REPITIERA

Ahora que usted está de lunes, sacudiéndose su somnolencia e intentando orientarse en la semana que se abre a sus pies, le voy a proponer un juego. En la miscelánea de noticias que llenan las páginas de este periódico las encontrará terribles, simpáticas, previsibles o inverosímiles. Aunque dejen un cierto poso en el lector, en poco tiempo serán olvidadas. Si hay un objeto perecedero, es el diario. Pero… ¿y si no fuera así?
Un día de agosto de 1881, en los bosques junto al lago de Silvaplana, “a 6000 pies más allá del hombre y del tiempo”, Nietzsche fue presa de la intuición del eterno retorno, del pensamiento de que nuestra vida se repite una y otra vez en todos sus detalles. La idea puede abordarse de distintos modos. Yo propongo en este artículo que la consideremos una prueba mental. ¿Cambiaría algo nuestra visión del mundo, nuestra actitud ante la vida, si estuviéramos convencidos de que la nuestra volverá una y otra vez, de que leeremos este mismo periódico con estas mismas noticias infinitas veces?
            Kundera, en el comienzo de La insoportable levedad del ser, responde afirmativamente a la pregunta. Nuestro mundo adquiriría un peso enorme si hubiera de repetirse eternamente. Como consideramos que no es así, la historia se vuelve leve. Lo que ha pasado una sola vez es insignificante. Dado que Robespierre no volverá, aquellos “años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo.” Se ficcionalizan.
            Pero todo cambia si esperamos que esos mismos años se repitan. El eterno retorno hace que hayamos de cargar con el peso de la responsabilidad. Las dos categorías que usa Kundera son, como vemos, la del peso y la de la levedad. La primera pertenece al mundo del eterno retorno, la segunda al mundo de lo que solo se da una vez. Las implicaciones, podemos intuirlo fácilmente, aparecen tanto en el plano histórico como en el personal.
            Entre la idea de Nietzsche y la consideración de Kundera media un siglo. En mitad de esos cien años de separación un argentino aficionado a los laberintos, los espejos y los tigres, dedica dos apartados de su Historia de la eternidad al asunto. En el primero de ellos alude a la crítica de San Agustín a la idea del eterno retorno. Lo asombroso es que lo que para el escritor checo en la segunda mitad del siglo XX significa gravedad, es irrisorio para el hombre que abre la puerta de la Edad Media. Si todo se repite, piensa San Agustín, las cosas pierden dignidad. Sería ridícula una crucifixión que volviese una y otra vez, del mismo modo que la seriedad de una despedida se vuelve cómica si vamos a volvernos a ver infinitas veces todavía.
¿En qué quedamos, pues? ¿El eterno retorno daría peso, seriedad y valor a la vida, como piensan Kundera y Nietzsche, o, por el contrario, siguiendo a San Agustín, se lo restarían, harían de ella algo leve e insignificante? Si dos dicen lo mismo, no es lo mismo, reza la sentencia. Invirtámosla: si dos dicen lo contrario, podría ser lo mismo. Y es que ambas posturas buscan la importancia de la vida, pero la encuentran en sitios distintos. Para el santo algo que haya pasado una vez tiene consistencia: Dios recoge cada instante en el seno de su eternidad. Para un mundo marcado por “la muerte de Dios”, lo único se convierte en leve, en humo, en sombra, en nada.
¿Y no será lo mismo, bien mirado, el instante fugaz y el eterno retorno? Si, como dijo Leibniz, dos cosas idénticas son la misma cosa, ¿no serían dos o infinitos instantes idénticos un mismo instante?
Desplegado el tablero de juego y repartidas las cartas, ¿qué dice usted? Si este lunes y las noticias del diario que tiene entre manos estuvieran llamadas a repetirse eternamente, ¿haría usted lo mismo que tenía previsto hacer esta semana? Tal vez la hipótesis le parezca absurda, y entonces mi pregunta es: si este instante no va a volver ya jamás, si las noticias de este diario solo fulgurarán hoy, ¿serán por ello intrascendentes, será el dolor que algunas de ellas destilan distante como una ficción?

            JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

   Versión digital en el periódico: 




martes, 3 de octubre de 2017

martes, 11 de julio de 2017

Isabel e Isabelle (Stella, 2017)

ISABEL E ISABELLE


“Sé que una cosa no hay. Es el olvido”
(Borges)


Nada hay hoy que no suene a recurso literario, hasta tal punto hemos desdibujado los límites entre la realidad y la ficción. Pero el que aquí traigo es antiguo y por tanto más reconocible. Por eso nadie me creerá si digo que lo que viene a continuación es traducción literal de la carta que he recibido de un ciudadano francés, llamado Prudence Álamo y residente en La Fare-les-Oliviers, un pueblo de la Provenza francesa. Tal vez si el lector se anima a leerla y a cotejarla con los datos pertinentes, pueda cambiar de opinión. He aquí la carta.
“De niño me gustaba coleccionar cosas: posavasos, sobres de azúcar, las estampas de los álbumes infantiles. Una adolescencia rebelde (sobre todo contra mi infancia) acabó con ellas al grito de Omnia mea mecum porto (todas mis cosas llevo conmigo). Pero algo debió de quedar de aquel prurito infantil en mi edad adulta porque, cuando el azar hizo caer en mis manos un puñado de recuerdos de mi abuela, decidí iniciar una colección que me pareció curiosa. La génesis de esa idea ni yo mismo la tengo clara, pero supe que juntaría todo lo extraviado que pudiera encontrar del pueblo donde mi abuela había nacido, un pueblo de Jaén llamado Navas de San Juan. Los coleccionistas dicen que hay dos tipos de colecciones: las finitas y las infinitas. Uno puede reunir todas las estampas de un álbum, pero nunca todos los posavasos. Mi objetivo era curiosamente infinito. Por pocas cosas perdidas que haya en relación con Navas, la búsqueda no parará nunca. No busco cualquier objeto, sino solo aquellos por los que ha pasado el tiempo y que vagan perdidos por el mundo.
 » ¿Qué pretendo con ello? Supongo que empezó como una mezcla de homenaje a mi abuela, que tantas cosas nos contó sobre sus años allí, y de capricho. Me imaginaba el momento en que, cansado ya de buscar y con una colección de cierta enjundia, me pondría en contacto con algún navero y le ofrecería mi colección de navedades, como yo las llamo. Pero, lejos de cansarme, esta búsqueda ha adquirido cada vez más importancia en mi vida.
»Soy el nieto de una mujer nacida en 1897 en Navas de San Juan, llamada Isabel Martín Martín. Su padre era de aquí, de La Fare, y su madre de Marsella, no lejos. En Navas tuvieron ocho hijos además de mi abuela. Ella se casó con Prudencio Álamo, de Santisteban, donde nació su primer hijo en 1920. Dos años después estaban aquí, en La Fare, donde nacieron sus otros tres hijos, el último de los cuales, de 1932, es mi padre. En 1938 mis dos abuelos consiguieron la nacionalidad francesa.
»Sigo (gracias al Chiringote) en la sombra lo relativo a tu pueblo. Internet es desde luego una red, una red de redes y te sorprendería lo lejos que se puede llegar tirando del hilo. Es así como hará unos años llegué hasta ti.
»He leído a través de la página de la Cofradía lo que has publicado en Stella y he visto cómo mezclas datos documentados y fantasía en tus relatos. Y he pensado que yo sería un buen personaje para tu colaboración de este año. Por supuesto, todo lo que te he dicho puede comprobarlo el lector sin mucho esfuerzo. En el libro de tu tío aparece el nacimiento de mi abuela y aquí te mando el recorte del Journal officiel de la Republique française donde está la nacionalización de mis abuelos, por si quieres adjuntarlo a tu artículo.
»Pero volvamos a mi colección de navedades. Está compuesta de papeles comerciales (adjunto fotocopia de dos de ellos), de periódicos que incluyen noticias sobre Navas (todos de antes de la guerra), de una decena de cuadros de Juan Antonio Collado Pérez (el último una Inmaculada que adquirí hace poco en una subasta) y de algunas cosas de mi abuela (un programa de fiestas, una estampa de la Virgen de la Estrella…). He dispuesto en mi testamento que todo sea entregado a vuestro ayuntamiento cuando muera. Pero antes he querido, a través de esta carta y en la revista del pueblo de su infancia, recordar a mi abuela.
Serge Alamo”


         Hasta aquí la misteriosa carta, sin remite pero con matasellos francés. Como sé que el remitente leerá este artículo que él protagoniza, le ruego que me explique qué hacían los padres de su abuela en Navas en el cambio de siglo y por qué ella, su marido y su hijo se fueron a La Fare a principios de los años veinte. Espero con impaciente ilusión su carta.


 Anexo: nacionalización de Isabel Martín Martín (1938)



martes, 6 de junio de 2017

Reseña en Cuadernos Hispanoamericanos

   Mi reseña aparecida en el número de mayo de Cuadernos Hispanoamericanos sobre el libro de Julien Gracq Las tierras del ocaso, editado por Nocturna, puede leerse aquí, a partir de la página 181:

miércoles, 11 de enero de 2017